domingo, 14 de junio de 2020

RELATOS TRASNOCHADOS



Prólogo


La ciencia ha podido corroborar que cuando leemos o escuchamos un texto se produce una particular conexión con el autor, aparentemente distante, del mensaje.
Existe una danza de emociones compartidas, de flujos sinergéticos, que sumergen a los participantes en una comunión meta-lingüística, generando una neuro-empatía, “un estado de trance que involucra un empalme entre nuestro estado mental y aquél del autor al momento de escribir… contenida dentro de las propias palabras, existe una carga de información oculta que sobrevive a cualquier número de traducciones o reimpresiones y permanece invisible e indetectable en el texto mismo…” (Aeolus Kephas.  “Escritores en el cielo de Hades”).
Recientes investigaciones pudieron constatar que, en ese mágico instante, la actividad cerebral del emisor y del receptor era la misma, activándose las mismas regiones del cerebro, al mismo tiempo. De esta manera, se produce un efecto espejo que rompe los límites establecidos por el tiempo y el espacio.
Espero que la comunión establecida por estos textos haga realidad esa conclusión de los hombres de ciencia y puedan disfrutar de la lectura y de la sintonía conquistada por nuestras mentes.

Para que yo sea Bernardo Veksler…




Para que yo sea Bernardo Veksler, una infinita suma de factores debieron conjugarse para generar el curso de mi vida.

Luego de un caos prolongado, salvaje y violento, devinieron  circunstancias que ordenaron y combinaron las infinitas partículas para la gestación de material orgánico. Primero, imperceptiblemente, luego adquiriendo formas y matices de una diversidad inusitada, la vital substancia germinó y se fueron enhebrando los complejos filamentos de la existencia.

Así, emergiendo del caos universal, mis sucesivos ancestros unicelulares, anfibios y primates tuvieron que superar amenazas de depredadores y desafíos de subsistencia; debieron gestar y proteger sus herencias; diseñar transformaciones que les permitieran subsanar defectos orgánicos y perfeccionar prestaciones imperfectas.

Atravesaron las etapas constitutivas del cerebro triuno, con su inicial comportamiento reptil y su prevalencia del dominio territorial y jerárquico.

Pudieron sobrevivir a semejante primitivismo hasta alcanzar la evolución mamífera, incorporando el cuidado de las crías, algunas emociones y el juego como forma de aprendizaje, dando carril a competencias escasamente deportivas.

En los últimos miles de años mis ancestros pudieron plasmar su comportamiento humano. Incorporando la introspección, experimentando empatía, compasión y amor.

Así, un día mis parientes africanos, al ver como la desertización avanzaba y comenzaba a escasear la vegetación, decidieron hacerse pedestres y buscar opciones alimenticias. Se vieron empujados a comenzar un ciclo migratorio y explorar nuevos alimentos, nuevos territorios, nuevos climas y nuevas tácticas para poder sobrellevar el acoso de inéditos predadores.

Su flamante bipedismo les hizo incurrir en torpezas, vieron como muchos de sus congéneres quedaron en el camino. Persistieron, atravesaron ríos, costearon lagos, treparon montañas, cruzaron espesos bosques, eludieron alimañas, se asociaron en la autodefensa y llegaron a ignotas tierras que poblaron y nutrieron.

 Para que yo sea Bernardo Veksler, mis ancestros tuvieron que alcanzar la vieja Europa, asimilar nuevas vecindades, descubrir otras ingestas y curtirse en fríos extremos. Aprendieron mil oficios, interactuaron con recién llegados, sufrieron invasiones y guerras, hambrunas y epidemias, despojos y barbarie, arrebatos y violencia, pero continuaron obstinadamente con el utópico intento de dominar a la naturaleza para poder aspirar a una vida mejor.

La búsqueda no se detuvo y retornó el viejo hábito migratorio para motorizar sus pasos. Tal vez, algún canto de sirena captó sus sueños y atravesaron ignotos territorios en busca de mejor fortuna. Así, mis parientes decidieron marchar hacia el Este y abandonar la tierra germánica.

En algún punto de ese recorrido entendieron que ser judío era una forma de acercarse a Dios y creyeron que esa ayuda divina complotaría a su favor. Unos se afincaron en la lejana Kiev y otros en la moldava Telenesti, a unos 500 kilómetros de distancia. Unos se amigaron con el manejo del hierro y los otros con la fabricación de ladrillos.

En tanto, el huevo de la serpiente se incubaba y las penurias hacían que la vida pareciera azarosa y de difícil pronóstico. Pogromos, persecuciones y matanzas completaron escenarios. Los ruidos de tambores de la gran guerra empujaron a los jóvenes eslabones de la familia a emprender el llamado de la eterna aventura humana. Esta vez el salto fue más largo.

El sur conformó el norte de sus pasos. Unos llegaron a Río Grande do Sul, otros al lejano y recién conquistado sur bonaerense, en un pueblito llamado Rivera. Y la improbabilidad de que en esas distancias pudieran tomar contacto fue nuevamente desafiada. Mi abuelo paterno decidió salir a caminar y, luego de dos años de trajinar y andar, desensilló en Buenos Aires. Ahí se instaló, casó y procreó media docena de hijos.  Así, los núcleos que me originaron volvieron a estar a unos 500 kilómetros de distancia.

Mis abuelos maternos sucumbieron tempranamente a enfermedades y dejaron a tres hijas adolescentes, que en medio del desconcierto se mudaron a Buenos Aires.

Para que yo sea Bernardo Veksler, se consumó una convocatoria danzante organizada por un colectivo de izquierda. Y dos jóvenes emprendieron esa vieja esperanza humana de la asociación matrimonial. En un conventillo de Mataderos se forjaron sus sueños y una casita en el Oeste, pareció confirmar sus expectativas de una vida mejor.

Para que llegue a ser el que soy, debí lograr indemnidad en epidemias de polio y meningitis; en carestías, tarifazos e inflaciones reincidentes. Mi percepción de la sociedad se fue amasando en una barriada obrera tensionada por huelgas y represiones. 

Congenié rebeldías con mis compañeros de secundario y soñé cambiar el mundo con mis primeros pasos universitarios. Así, me sumé a la idea de prohijar revoluciones y a la resistencia a dos dictaduras. Transité por fábricas, sindicatos, organismos de derechos humanos y grité mis demandas en cientos de manifestaciones callejeras. Sufrí cárcel, arbitrariedades, dolorosas pérdidas y sobreviví a un genocidio.

La vida se enlazó con afectos conquistados y amores que patrocinaron la búsqueda de un mejor ser humano. Aprendiendo de errores señalados, de fundamentalismos objetados y de la búsqueda insaciable de encontrar en el otro a un semejante.

La vida me regaló un hijo que agudizó mi sensibilidad y aportó interrogantes para nuevos replanteos. En él me vi reflejado en un espejo que mejoraba mis facciones, sentimientos y saberes.

La vida me dispensó la pasión por escribir y me inspiró la frase de un maestro, para hacerlo “con amor, con corazón, con lo que les alcance, lo que se les antoje, que eso será bueno en el fondo, aunque la forma sea incorrecta” y “agradará al lector aunque rabie Garcilaso”.

 Así me empeñé en darle forma a historias vividas o imaginadas y me doté de la necesaria audacia para poder compartirlas.

Cuando algunos compañeros de la vida fueron quedando en el camino, cuando se vislumbra que el sendero se va acotando, la mirada tiende a reflejarse sobre lo vivido  y, a pesar de tantos duelos y angustias, sobreviene una sensación de agradecimiento por afectos, amores, luchas y aprendizajes que enriquecieron esta pequeña aventura de la vida. 








La primera muerte que se cruzó en mi camino fue la de una vecina de mi calle. Doña Filomena tenía tres hijos, el más pequeño era un  par de años mayor que yo.
Una tarde de octubre, al salir de la escuela, con mis siete años a cuestas, iba con el cotidiano deseo de encontrarme con mi taza de Vascolet y las blancas figazas untadas de manteca y dulce de leche.
La cuadra de distancia que separaba la escuela de mi casa, tenía entonces una cantidad infinita de entretenimientos, sobre todo desde que lo hacía sin la compañía de mi madre. Luego de despedirme de mis compañeros, emprendía despreocupadamente el recorrido habitual y me detenía, en primer lugar, ante la vidriera del kiosco.
Otra parada obligada era frente a la verja de la casa de la palmera. De la construcción mucho no recuerdo,  contaba con un gran espacio verde cubierto de césped e innumerables plantas con flores y, en el centro, una palmera de unos quince metros de altura que concentraba toda mi atención. Resultaba tan exótica en ese apartado lugar del porteño barrio de Mataderos, que su sola visualización disparaba todas mis fantasías. Tenía una necesidad irrefrenable de detenerme a observarla con mis manos sujetas a la cerca y mi cabeza apoyada entre los barrotes de hierro. Los gatos, los pájaros o las figuras que se dibujaban entre el follaje eran el escenario ideal para imaginar historias de aventureros en tierras extrañas y remotas que irrumpían en mi barriada.
Ese día, luego de cumplir con mi breve cuota de fantasías, continué distraídamente con el recorrido habitual. A medida que me aproximaba a la puerta del conventillo en que vivía, comencé a notar anormalidades que me hicieron olvidar de la merienda. Mucha gente estaba en la vereda, frente a la casa de Miguelito, tres puertas antes de llegar a la mía.
Los chicos se detenían frente el portal tratando de encontrar explicaciones ante tantos hechos inusuales. Se trataba de una familia italiana muy humilde, el papá había fallecido un par de años atrás en un accidente laboral. Los dos hermanos mayores de Miguelito trabajaban y casi no se los veía en la casa.
Al cabo de un rato pude escuchar que doña Filomena había muerto. La mamá de Miguelito era una siciliana que vestía unos pollerones hasta los tobillos, siempre de negro y con su cabeza cubierta con un pañuelo, casi no hablaba castellano.
Había descubierto una sensación desconocida, se había adueñado de mí toda la congoja que percibía en los adultos y estaba paralizado ante la fatal novedad.
Al rato, veo salir a mi amigo llorando desconsoladamente, se sentó en el umbral de la casa más próxima a la suya y se quedó con la cabeza gacha, tapándose la cara con sus manos. Varias vecinas acudieron a consolarlo. Lo miraba consternado, tratando de entender los imprevistos descubrimientos.
Los chicos se quedaron absortos ante la triste escena, juntos y en silencio, con esa mirada especial que sólo ellos son capaces, con los gestos desprovistos de prejuicios y despreocupados de la apariencia de sus rostros. Algunos comenzaron a difundir las versiones más antojadizas de la causa de la muerte, hasta que al final se impuso la creencia de que el  deceso fue por haber ingerido duraznos verdes. A mí me pareció la versión más creíble, dado la insistencia de mi madre de que tenga cuidado de comerlos si no estaban suficientemente maduros.
Durante varios días no podía apartar de mis recuerdos la imagen de Miguelito, su sensación de desamparo había impregnado mi vida.
“¿Los padres pueden morirse en cualquier momento?”  Pregunté a mi madre. Ella eludió el interrogante, en esa época los padres no contemplaban brindar respuestas a las inquietudes infantiles, sólo contestó: “Apurate con  la leche que tenés que hacer los deberes”. Encubría de esa manera su propia congoja, al habérsele refrescado el drama que la marcó para toda su vida, cuando quedó huérfana a los once años.

Un par de años después, sorpresivamente murió mi primo Ile, aparentemente un golpe en su frente le había ocasionado un coagulo que fue tardíamente advertido por los médicos. Vivía en el campo, en las inmediaciones de la entrerriana localidad de Bovril.
Habíamos compartido numerosas aventuras en las vacaciones escolares y gozábamos de la libertad en ese apartado lugar. Los colores de ese cielo fueron imágenes que nunca dejaron de acompañarme en la vida. Añoraba la infinidad de animales domésticos y salvajes que nos rodeaban.
El particular aroma del campo impregnó mis recuerdos por mucho tiempo, como también la alegría de compartir el mate cocido matinal, las aventuras de la hora de la siesta, el impresionante atardecer y el profundo silencio nocturno. Verdaderamente, envidiaba  la suerte de mi primo.
Aún no concebía que la muerte también pudiera alcanzar a un niño. La carencia de noticias en que se desenvolvía mi infancia, hacía que las únicas advertencias de peligro pasaban por el cruce de alguna calle o las arengas maternas sobre las prevenciones que se debía tener con la electricidad.
La consternación invadió la vida familiar al conocer la desgracia. No lograba explicarme cómo podía desaparecer alguien tan alegre, vital e inocente como Ile. Los interrogantes me torturaban y la incertidumbre fue algo novedoso, recién descubierto.   
Luego de esas incidencias infantiles, durante muchos años la muerte no hizo acto de presencia en mi vida y esos sucesos fueron acomodándose en el arcón de los recuerdos.
La década de los setenta y las movilizaciones estudiantiles confluyeron con mis inquietudes juveniles y me incorporé a la militancia política. El nuevo mundo descubierto me llenó de pasión por transformar la sociedad que agobiaba de padecimientos a mi generación. Del activismo universitario pasé a insertarme en  las luchas obreras.
Tony, junto a tantos otros, fue un entrañable compañero de experiencias. Nos conocimos en las manifestaciones de apoyo al Cordobazo y una relación de amistad consolidó nuestros vínculos. Tenía una serenidad especial para tratar los temas más candentes, su calidez y humildad hacían muy agradable cualquier conversación. 
Al mismo tiempo abandonamos los estudios y nos dedicamos de lleno a la lucha política en las filas obreras.
El país vivía profundas convulsiones, el oficialismo estaba inmerso en enfrentamientos que producían una gran inestabilidad y una de las facciones oficiales desató la represión legal e ilegal sobre la oposición, la izquierda y el activismo obrero.
Los primeros ataques de la “Triple A” comenzaron a tener en la mira a los delegados que habían surgido en las fábricas de la zona norte del Gran Buenos Aires.
Las amenazas y despidos estaban a la hora del día. Rápidamente quedaron como las embrionarias muestras de un espiral de violencia que ejecutaron los hombres que veían amenazados sus sillones e intereses.
El local socialista de Pacheco se convirtió en un centro neurálgico de la lucha antiburocrática. Durante varios días los trescientos metros que lo separaban de la ruta 197 se convirtieron en un continuo ir y venir de extraños vehículos, una amenazante atalaya de ocultos observadores que seguían sigilosamente los movimientos de la militancia.
 En una madrugada de mayo el operativo augurado por esas cautelosas presencias se consumaba. Una docena de hombres armados hasta los dientes invadía el local a tiro limpio y ejecutan a tres compañeros, entre las víctimas estaba Tony. Fue un golpe inesperado que me dejó inerte.
La muerte volvía a rondar mi vida después de una prolongada ausencia. Las aventuras imaginadas en la niñez dejaron el terreno de la fantasía y se hicieron parte de la realidad cotidiana sin brindar siquiera un tiempo de transición para absorber un golpe semejante.
Este nuevo encuentro con la muerte planteaba interrogantes muy alejados de los de mi infancia, el candor había quedado anclado en el pasado, ya no se trataba de hechos fortuitos que disparaban incipientes dudas sobre el mundo y la vida. Ahora, todos estábamos en la mira y a la vuelta de cualquier esquina podríamos encontrarnos con el fin de nuestra breve historia.
La indignación por la muerte de los tres compañeros pesó más que el temor y no dudé en sumar mis brazos para llevar el féretro de Tony, a pesar de las fotografías que dejaron mi rostro estampado en los diarios del día siguiente.
Con el transcurso de los días, los asesinatos se fueron convirtiendo en hechos cotidianos. César fue fusilado en Caballito, otros dos camaradas acribillados en Chacarita, los ocho compañeros de La Plata y decenas de delegados gremiales ejecutados diariamente.
Lobos,  mi compañero del cuerpo de delegados, fue secuestrado y su cadáver apareció con cinco balazos y evidencias de horrendas torturas. En su mano  un comunicado de las Triple A incluyéndome en una lista de futuras víctimas.
La negra noche anunciada se extendía como una temible mancha de aceite que revestía la masividad y encubría desapariciones caprichosamente seleccionadas.
La muerte dejaba de ser una curiosidad, por el contrario, sin solución de continuidad, de la sorpresa pasamos a convivir con ella y hasta a acostumbrarnos a su temida presencia. Sólo se trataba de eludirla el mayor tiempo posible, pero sabíamos que ninguna táctica era infalible y cualquier día, a cualquier hora, en cualquier lugar podríamos tener una imprevista y fatal última cita.  



“Flaco, nos quedamos en la calle...”, la frase se disparó desde la penumbra, mientras caminaba hacia la fábrica. El silencio fue la respuesta excluyente, no había lugar para las palabras, la pesadumbre se imponía como conducta colectiva.

Las cuadras que recorrimos juntos cada madrugada durante años, era un escenario que no había cambiado sustancialmente; sin embargo, todo se percibía distinto. Los primeros pasos luego de bajar del colectivo, la oscuridad, la estación de servicio, las baldosas rotas del kiosco, la luz mortecina de la esquina, los muros descoloridos, hasta el silencio del barrio al alba se apreciaba con otras tonalidades, aromas y sonidos.

A medida que nos acercábamos, otros compañeros se iban sumando al parsimonioso desfile de un ejército golpeado marchando impotente hacia el campo de batalla, presintiendo que el resultado final ya estaba escrito.

Durante los últimos días habían circulado versiones sobre la inminente decisión empresaria. Mientras la imaginación de algunos compañeros intentaba tímidamente negar la realidad; los atrasos en los pagos de los jornales y las dificultades en la provisión de insumos, fueron haciendo insostenible cualquier elucubración.

La ausencia de los jerarcas patronales ante nuestras acciones de resistencia, la indiferencia del Ministerio de Trabajo y la falta de interlocutores que permitieran una negociación, fueron sumando elementos para que el inexorable desenlace tuviera alguna arista sorpresiva.

La oscuridad matinal se prolongaba inusitadamente, el frío se potenciaba con un viento impiadoso, el vapor del aliento de los caminantes denotaba el intercambio nervioso de interrogantes.

La proximidad a la zona iluminada del portón de ingreso iba exponiendo los rostros demudados, las voces entrecortadas y los silencios prolongados. El vestuario, otrora escenario de debates, bromas y alegrías, se había convertido en un lugar casi desconocido inmerso en un tenso silencio, sólo interrumpido por el ruido de la puerta de algún armario al cerrarse o de un banco desplazado involuntariamente.

Cómo si la fuerza de la rutina predominara sobre la zozobra, todos salíamos del vestuario preparados para una jornada laboral que nunca comenzaría. La mesa de trabajo era el mudo testigo de los dilemas y angustias de los compañeros de tantas luchas, sinsabores y victorias.

Cuando se pronunciaba alguna palabra era para compartir el previsible naufragio de los sueños de un futuro distinto para los hijos, los proyectos familiares imaginados, la construcción del hogar, los interrogantes sobre cómo afrontar las deudas adquiridas o la pérdida de la simple certeza de contar con un ingreso regular.

Se mantenían en sus puestos, como queriendo congelar el tiempo, como aguardando algún milagro que volviera a poner en marcha las líneas de producción. Mientras se esperaba el regreso de los delegados, que intentaban golpear alguna puerta para posibilitar una última gestión, las esperanzas se iban escurriendo con cada minuto que pasaba.

Ya se habían vivido situaciones similares, se volvían a sentir los músculos tensos, la boca seca, la mirada ausente y el temido interrogante: ¿y ahora qué…?

Los nacidos para trabajar, insólitamente, eran expulsados del trabajo y del escuálido confort de sentir ordenada la vida con la faena cotidiana.

Mis pensamientos se sucedían desordenadamente a una velocidad inusitada, mientras miraba los semblantes de mis compañeros y descubría que aparecían huellas del paso del tiempo que antes no había apreciado.

El presente se disparaba hacia un futuro enigmático y, como un péndulo, retornaba hacia las escenas del pasado. Repasaba las historias comunes, los filamentos de vínculos que se fueron hilvanando y fortaleciendo en el cauce laboral común.

Los paredones de la vieja fábrica habían brindado el marco para innumerables dramas individuales y colectivos. Las decrépitas instalaciones fueron incorporando mayores penurias a la labor, los accidentes de trabajo se hicieron cada vez más frecuentes. Como veteranos de una guerra no declarada, nos concentrábamos diariamente frente al consultorio médico para denunciar heridas, dolencias o enfermedades.

A pesar de que se advertía el progresivo deterioro de las condiciones laborales, la fábrica era una necesidad para nuestras vidas, no sólo en la lucha por la subsistencia sino también por los lazos afectivos que se fueron estableciendo. Aún en esas condiciones extremas y críticas se construían relaciones amistosas y solidarias. Una pequeña sociedad de músculos, nervios, dramas y alegrías daban forma al anecdotario que constituía la historia jamás escrita de las vivencias comunes.

La confirmación del final anunciado rompía abruptamente con esos lazos tejidos por hombres y mujeres en un mismo tiempo y espacio. Confluimos desde distintos lugares, con diversos pasados, experiencias y culturas; un extraño sortilegio nos juntó y desembocamos juntos en este imprevisto final. 

Era fácil mantener esos vínculos, nos conocíamos como si fuéramos parientes. ¿Cómo no iba a ser así, si pasamos más tiempo juntos que con nuestras familias?

Esos lazos eran tan fuertes que queríamos prolongarlos en los picados de fútbol del fin de semana, en el boliche del gallego o en el asadito de algún feriado. Entre vinos y cervezas era sencillo enterarse de noviazgos, separaciones e infidelidades; era apasionante opinar y discutir sobre las agachadas de algún compañero o cómo hacerle frente a la largamente demostrada insensibilidad empresaria.

Teníamos en común los recuerdos de luchas heroicas y conquistas. De los años jóvenes, cuando no había espacio para la resignación. De nuestras primeras jornadas, cuando los pibes y pibas que habíamos confluido en esa planta fabril nos plantamos para soñar otra vida y gritar a los cuatro vientos que pretendíamos emerger del subsuelo.

Nos juntamos entramando necesidades, pasiones y utopías, anhelando llegar a compartir una sociedad de “hombres nuevos”.

Teníamos nuestros muertos. Surgidos del enfrentamiento a los sindicalistas traidores y los consumados por la barbarie, que concibió como enemigos a los que demandaban justicia. Esos emotivos recuerdos de dignos ejemplos de abnegación y confraternidad, de dientes y puños apretados, de peleas y debates; nos traía la nostalgia de tiempos donde no había imposibles.

De un plumazo esa estrecha historia común fue sentenciada con un portazo final. Un reducido número de personas, alejado del “lugar del crimen”, dijo basta y sus consecuencias se descargaron inexorablemente sobre nuestras vidas, familias, tradiciones, secretos, amistades, sacrificios y recuerdos. En un instante se ponía fin a una historia urdida en la labor cotidiana y que fue acuñando esa particular sociedad fabril.

Ya no será posible sentarse en el boliche, mirar a través del vidrio el paso de los compañeros, juntarnos en torno a una mesa para debatir propuestas. El café o el vino dejarán de ser la excusa para recordar bromas y anécdotas, luchas, triunfos y fracasos.

A ese historial alguien le incrustó el The End, sin haber tomado en cuenta ni consultado a los protagonistas, a los que cada madrugada atravesaban los pesados portones para poner en marcha la fuerza productiva, receptada por lejanos y anónimos beneficiarios.

Independientemente de la voluntad de cada uno, todos estábamos atrapados en esa red de solidaridades y complicidades que imponía amores y odios. Cada cual aportaba lo suyo, algún rasgo particular destacado o algo imperceptible que, tal vez, ni siquiera quedó registrado en la memoria.

Todas esas sufridas y miserables historias perduraban con la subsistencia de la vieja fábrica, pero alguien dijo “no va más” y dio vuelta la última página.

¿Qué quedará de tantas experiencias vividas en común? ¿Se irán desintegrando como las paredes del viejo edificio ante la inevitable migración?

En nuestro horizonte no había lugar para un final así, nuestro sentimiento colectivo se aferraba a ese escenario, pero un golpe artero nos cortó el tiempo. 




Tribulaciones en el cerro Küme Huenu

Llegaron puntualmente a la cita, con una singular parsimonia el lonco Guaiquil Curiñanco, el inal lonco Antul Nahuelquir y el capitanejo Catrileo Millalonco ingresaron a la sala de reuniones. Su vestimenta no denotaba ninguna jerarquía, era la ropa de trabajo de un peón: bombachas de campo, camisas de brin, chalecos de lana de oveja cruda y sombreros de alas angostas que mostraban tanto los rigores del clima como su prolongado uso.
Luego de un frío saludo, los recién llegados se sentaron alrededor de la mesa frente a la plana mayor de la empresa.
El abogado Eustaquio Soler asumió la conducción de la reunión. Presentó a los norteamericanos, les explicó el proyecto y los fallos judiciales que no dejaban opciones a los indígenas: “A pesar de todo lo que tenemos a nuestro favor para comenzar las obras, sabiendo del significado que tiene para ustedes el lugar, el señor John Doyle propuso esta reunión y decidió esperar para intentar alcanzar una solución negociada. La propuesta que les hacemos es cederles un terreno en compensación, donde podrán construir sus casas. Les facilitaremos todos los medios de transporte que pidan y les daremos títulos de propiedad por esas nuevas tierras”.
Curiñanco tendría unos cuarenta años, era corpulento y de mediana estatura. En su rostro se destacaban sus ojos pardos, sus pómulos prominentes  y un escuálido bigote. Su pelo entrecano y ensortijado tenía aún las huellas del polvo del camino y del sombrero que conservaba entre sus manos.
Había escuchado imperturbable y con atención a Soler. Dejó pasar unos segundos hasta que comenzó a hablar:
- Hay muchas cosas que no comprendo de ustedes. Dicen entender lo que significa para nosotros el Küme Huenu, que es nuestro lugar sagrado, donde hacemos las ceremonias y están enterrados nuestros ancestros. Dicen que nos quieren respetar y están dispuestos a destrozar el lugar. ¡Vuelven a despreciarnos!  
Dicen que van a darnos títulos de propiedad por las nuevas tierras. Los mapuche no creemos en el hombre blanco, ni en sus papeles, leyes y jueces. Todo lo acomodan a su favor. Engañaron y despojaron de sus tierras a nuestros antepasados. No les importan nuestros derechos, nuestras creencias, la tierra, los bosques, nada... Si podrían emborracharnos como a nuestros abuelos, volverían a embaucarnos y hacernos firmar papeles contra nuestros intereses…
Si no pueden de esa forma, vienen con los jueces y sus palabras difíciles para decirnos que hemos perdido. Siempre perdemos… Si no es suficiente con sus abogados, jueces y políticos, traen a la policía o al ejército. Nos amenazan, nos maltratan y nos expulsan de nuestras tierras. A veces ni siquiera nos dejan un lugar donde vivir. ¿Les parece que podemos confiar en el hombre blanco?
Viven demostrando que no nos respetan, que no nos entienden ni hacen esfuerzos por entendernos. Sólo valen sus intereses y proyectos, y el dinero que disponen para comprar voluntades. Compran las tierras, los animales, los lagos, los ríos, las montañas, hasta a los mapuches quieren comprar... ¡La naturaleza no tiene precio! Es una gracia de los dioses y un regalo de nuestros ancestros para que podamos vivir y disfrutar de ella.  ¿Pueden comprenderlo ustedes…?

Las palabras del cacique fueron pronunciadas con lentitud, a media voz y con cierta cadencia musical, sin enfatizar ni elevar nunca el tono, no obstante, trasmitían energía. Su discurso fue tan contundente que descolocó a los defensores del proyecto.
John Doyle tomó la conducción de la reunión. Trató de explicarles que su intención era no dejar de negociar, que les haría la propuesta más favorable para que ambas partes puedan convivir en paz. Los mapuche escuchaban con respeto y atención.
El tono coloquial del discurso, finalmente, logró apaciguar los ánimos.
El encuentro terminó con la promesa indígena de trasmitir la propuesta a la comunidad, que sería la encargada de adoptar la decisión final.
La intervención de Curiñanco fue tan contundente que produjo confusión en la cúpula empresarial. Fueron a la reunión subestimando a los nativos. Creían que la propuesta, matizada de advertencias y amenazas, allanaría todas las resistencias. Sus hábitos mercantilistas chocaron con una concepción que desbarató sus esquemas.

La mañana siguiente se presentó cargada de borrasca. A pesar de ello, el estudio de arquitectura que tenía a su cargo el proyecto turístico se presentó a trazar las obras sobre el terreno. Los técnicos, enfundados en sus cascos y buzos térmicos, se instalaron al pie del cerro, en un pequeño claro protegido del viento, desplegaron los planos en un tablero y comenzaron con las tareas preliminares de la obra.
Para alcanzar la cumbre había que eliminar unas cuarenta hectáreas de bosque para construir caminos, el hotel, la estación de esquí y el teleférico.  El principal obstáculo seguía siendo la existencia de la aldea mapuche en el espacio elegido.

Un peón les acercó un mensaje de Curiñanco diciendo que los esperaba para darles una respuesta.
La delegación partió en un vehículo rumbo a la aldea mapuche, que estaba ubicada en un claro del bosque; allí, se erigían una docena de pequeñas casas hechas de troncos y chapas de cartón prensado. Al derredor pastaban unas veinte ovejas, dos vacas y unas gallinas.
Al traspasar una cerca de ramas y troncos, unas treinta personas, entre mujeres, hombres y niños, esperaban el arribo de los blancos. Todos en torno a un fogón, que servía de cocina y centro de reunión.
Delante estaba el cacique, quien invitó a los recién llegados a sentarse en unos troncos.
Curiñanco tomó la palabra:
- La comunidad se ha reunido y tomado una decisión. Hemos considerado la posibilidad de contar con un terreno propio, pero lo que más ha pesado es la defensa de este lugar; nosotros no podríamos seguir viviendo si nos fuéramos de aquí, donde nuestros antepasados vivieron y murieron, donde realizamos nuestras ceremonias junto a   hermanos de otras comunidades, ¿qué les diremos a ellos cuando nos visiten?
Como lonco de esta comunidad tengo que decirles que no queremos enfrentamientos pero tampoco queremos que nos despojen de nuestra identidad... Sabemos también del poder de los blancos, que cuentan con abogados, jueces, políticos y policías, que siempre están del lado del dinero y ustedes tienen mucho dinero. Entonces, después de escuchar a mis paisanos, decidimos esperar un mensaje de los dioses. Ellos nos indicarán el camino a seguir...
- Pero nosotros no tenemos tiempo para esperar, si no comenzamos con las obras ahora el invierno paralizará todo y se arruinarán nuestros planes. Les ayudaremos con la   construcción de las cabañas para toda la comunidad, van a tener muchas más comodidades y los títulos de propiedad debidamente legalizados. Explicó Soler, denotando cierta exaltación.
- La urgencia no es nuestra, espero que comprendan que ustedes pueden perder una temporada, pero nosotros podemos perder toda nuestra historia. Pónganlo en la balanza y verán que siempre los que perdemos mucho más somos nosotros.
-¿Cuánto tiempo cree que habrá que esperar para que sus dioses les den una respuesta?, preguntó Doyle.
- A los dioses no se les puede poner plazo, ellos son los que disponen... Saben de nuestras angustias y confiamos que pronto nos darán una respuesta.
 - Nosotros también nos reuniremos y analizaremos los pasos que vamos a dar. Recuerden que ya tenemos un fallo judicial a favor y que si quisiéramos podríamos pedir a la policía que los desalojen. No queríamos llegar a ese punto, pensábamos que podíamos alcanzar un acuerdo... Pero, ahora deberemos analizar de nuevo la situación… Fue la advertencia  de los empresarios.
Se despidieron con frialdad y emprendieron el camino de regreso, evaluando las posibilidades que se abrían. La conclusión fue que había que recurrir a la fuerza para resolver la situación.

El día siguiente amaneció nublado y ventoso. La tensión se percibía en el ambiente, los aprestos bélicos se ponían en marcha.
Los obreros ya estaban alojados. Las maquinarias se encontraban sobre el camino de acceso al cerro y los camiones  descargaban materiales.
A las 12, llegó el juez. Un hombre de unos cuarenta años, alto, fornido, de rasgos sajones, con un frondoso bigote y rubia cabellera cuidadosamente peinada hacia atrás. De inmediato, le ordenó a su secretario que se dirija hacia la aldea mapuche para concretar la intimación: “en el plazo de dos horas debían desalojar el predio”.
Unos minutos más tarde, arribó el comisario de la ciudad de Esquel, al frente de un contingente de policías en dos autobuses. Se puso a las órdenes del juez y le comunicó que las directivas que le había dado la superioridad eran terminantes: “proceder al desalojo de los indígenas de cualquier manera”.
Cuando regresó el secretario del juez, estaba pálido. De inmediato fue rodeado por los presentes para conocer la respuesta indígena: “Me recibieron con frialdad, escucharon la intimación y no la quisieron firmar. Dijeron que desconocían la orden judicial y que se iban a quedar en sus tierras. Han llegado de otras comunidades para resistir junto a ellos”.
Soler reaccionó sorprendido: “esto es inaudito, no puede ser, la custodia tenía claras instrucciones de no dejar pasar a nadie...”
Al cumplirse el ultimátum, el juez decidió marchar hacia la aldea junto a su secretario, el comisario y dos agentes de custodia, y dio la orden de que lo siguieran, a una distancia prudencial, el resto de los policías.
 Al llegar, no encontraron signos de aprestos defensivos. Alrededor del fogón estaban todos los nativos en medio de una invocación colectiva. Indiferentes a la presencia de los forasteros, continuaron concentrados en su ritual.
Luego de unos minutos se escuchó una estruendosa gritería que dio por terminada la ceremonia.
Despreocupadamente, aparecieron el cacique y sus segundos.
El juez asumió el protagonismo: “Señor Guaiquil Curiñanco, usted ya está enterado de la decisión y está incurriendo en desacato, así que espero que rápidamente se subordine a la autoridad judicial. Caso contrario tendré que recurrir a la fuerza pública. Su desobediencia no me deja otra opción”.
- Nuestros dioses están dándonos señales para indicarnos el camino a seguir. Tendremos que esperar hasta saber qué debemos hacer...
- No me venga con esas excusas, estamos en un estado de derecho y ustedes tienen que acatar la ley y poner fin a la rebeldía.

Al ver la indiferencia de los mapuche, los visitantes abandonaron la aldea, recorrieron la distancia que los separaba del contingente policial y el juez le ordenó al comisario que avancen y rodeen la aldea.
Al llegar, intimaron al desalojo del lugar: “Venimos con la orden de desalojar este espacio y de llevar detenido a Guaiquil Curiñanco, por desacatar una orden judicial”.
Dos policías lo tomaron de los brazos y le colocaron las esposas. Esto provocó la reacción de un grupo de jóvenes que se enardecieron. Comenzaron a insultar y a empujar a los uniformados.
La reacción policial no se hizo esperar y descargaron golpes con sus bastones. Lo hacían con tal entusiasmo que parecía que hubieran estado esperando con ansias ese momento.
Los represores habían subido con topadoras para tirar abajo las casillas, golpearon con sus machetes a varios mapuche. Cuando los hombres vieron que maltrataban hasta a las mujeres y niños, indignados, empezaron a arrojarles piedras a los policías y le acertaron al juez en la frente, lo lastimaron y ahí empezó lo peor. El juez se trastornó y ordenó que empiecen a los tiros, provocando heridas a varios nativos.
Cuando se disipó la confusión, dos cuerpos cubiertos por mantas fueron cargados en la caja de una camioneta y cinco nativos ensangrentados fueron subidos a otro vehículo.
En tanto, el conjunto de los mapuches eran arreados hacia abajo.   
Una masa de hombres, mujeres y niños fueron subidos a empellones a los camiones para ser depositados en el sitio impuesto. En sus miradas se veía reflejada la desgarradora imagen de la derrota.
Las mujeres con la mirada llorosa y perdida, abrazaban a sus niños intentando protegerlos de la brutalidad descargada sobre sus cuerpos, curtidos de injusticias a pesar de sus pocos años. Pero también se aferraban a ellos, como una tabla de salvación, era lo poco que les quedaba para seguir comprometidas con la vida.
Los ojos de los niños tenían esas extrañas expresiones que tantas veces ilustran las crónicas de matanzas, hambrunas o migraciones forzadas. Sus ojos no parecían distinguir entre ogros y hadas protectoras. Sus miradas duelen, lanzan dardos cargados de preguntas, al no comprender por qué les arrebatan las pocas cosas que componían su mundo.
El brillo de sus ojos, asomados entre los brazos de sus madres, penetra y no puede ser olvidado en su inmenso y silencioso dolor. Es como una inocente, sutil y persistente venganza que queda impregnada en quien los quiera ver. 
Pero, resulta mucho más estremecedora la imagen de los hombres que presentaron una desigual batalla y fueron derrotados. Ellos pudieron hacer estallar su ira, manifestaron la digna rebeldía de negarse a obedecer, pusieron el cuerpo a pesar de la relación de fuerzas desfavorable, resistieron a la injusticia y fracasaron.
No existe un dolor mayor en el mundo que el del hombre doblegado, el que irradia su impotencia y no la puede expresar más que en silencio, mordiéndose los labios y apretando los puños. El que exhibe el desgarramiento de haber intentado infructuosamente defender a su familia, su comunidad, su pueblo; y no le queda siquiera la posibilidad de manifestar su bronca. Son hombres destrozados, de cabezas gachas y miradas melancólicas; conducidos como bultos, sin fuerzas y resignados ante el maltrato.           
Los niños tienen la posibilidad de conmover y lograr algún consuelo, pero la imagen del hombre desesperanzado, tan brutal como cotidiana, sólo puede ser detectada por una mirada sensible.
No existe visión más dramáticamente conmovedora ni tan cargada de negación ante el futuro de la humanidad que la impotencia de un rebelde vencido.






Veinte horas de una cita fallida
Eran los primeros días de enero. Viajar a Mar del Plata tenía, todavía, la aureola de una inmersión en un mundo feliz, que permitía dejar de lado el estrés y el vértigo de la gran ciudad. El autobús estaba repleto de turistas dicharacheros, ruidosos, bromistas, que pretendían desconectarse del breve espacio que habían abandonado temporalmente.
Era la contracara de las angustias que miles de personas estaban viviendo como víctimas del terror que imperaba en las barriadas obreras, universidades y en todo lugar donde se desplegara alguna voluntad de progreso social, un pensamiento crítico o una vocación solidaria. 
Sentía la extraña sensación de estar fuera de la órbita en torno a la cual giraba el resto del pasaje. Trataba de aprovechar el viaje para repasar todos los datos que me habían suministrado y las recomendaciones sobre las precauciones que debía tener. Pensaba sobre mi futura inserción en la ciudad y la particularidad de vivir en un lugar con tanto esplendor.
Al arribar a la terminal, la mayoría de mis colegas de viaje se dispersaron rápidamente. Yo no tenía urgencias, debía buscar un hospedaje y hacer tiempo hasta las primeras horas de la tarde, cuando, según las instrucciones que me habían dado, podía tomar contacto con alguno de los compañeros cuyos teléfonos me había suministrado la dirección.
La “Ciudad Feliz” desplegaba su grandiosidad, generaba una pintura de normalidad en un país donde todo se complotaba para hacer penosa la vida. Los veraneantes marchaban presurosos hacia las playas, otros se aprestaban a desayunar con la displicencia del que logra temporalmente liberarse de horarios y urgencias. Era como una enorme máscara que ocultaba los dramas que, seguramente, a unos pocos metros de los circuitos turísticos se visualizarían con toda crudeza.
Logré ubicarme en un hospedaje de la calle Belgrano, no estaba lejos de la playa. Eso permitía diluirme entre los contingentes turísticos y evitar llamar la atención de los ‘servis’ que pululaban por la ciudad con el fin de detectar sospechosos.
Cuando llegó la hora, comencé a marcar los números anotados en un minúsculo papel. Tenía un orden de prioridades. Comencé por Alberto, pero no me atendió. Luego, llamé a Juan, suponía que por contar con una familia numerosa iba a obtener una pronta respuesta, pero tampoco tuve suerte. Luego intenté con Mario y Julio, sin que me respondieran. Así, continué llamando infructuosamente cada media hora.
La tarde estaba en plenitud y yo agotado de buscar teléfonos públicos en distintas zonas para evitar que detectaran el origen de las llamadas. Comencé a marcar los números de Ana María y Palmira, pero en sus casas tampoco me contestaron. Llamé entonces a las clínicas donde trabajaban y, en ambos casos, la respuesta fue que ese día no habían asistido a trabajar.
A la alarma por la imposibilidad de comunicarme con los compañeros, se sumaba ahora el sugestivo dato aportado por las únicas respuestas obtenidas. No tenía con quien compartir tanta incertidumbre. Decidí parar un poco, calmar mi ansiedad y caminar por la costanera, intentando reflexionar y evaluar la situación. Tratando de encontrar alguna respuesta ante tantos interrogantes.
Cuando comenzó a caer la tarde me propuse hacer un último intento. Iba a llamar desde de un teléfono público distante de los que había utilizado anteriormente. Llegué hasta la zona portuaria y comencé a marcar nuevamente los números. Pero, otra vez, la única respuesta fue el silencio.
Inmerso en ese atribulado estado de ánimo, decidí que debía emprender el regreso lo antes posible. Fui hasta la terminal a comprar un pasaje para el primer ómnibus de la mañana siguiente. No quería abandonar el hospedaje sin haber pernoctado, porque podría despertar sospechas y entrar en la mira de los ‘servis‘.
Cuando emprendí el regreso al hotel, el desconcierto me azotaba sin compasión. No encontraba una explicación razonable ante lo que había sucedido. Cada ulular de una sirena me producía un estremecimiento que ponía en tensión todos mis reflejos. Cada Ford Falcon o patrullero que pasaba constituía una advertencia y mis sentidos se concentraban en poder determinar si habían frenado, si escuchaba un portazo o una posible voz de alto.
Semejante desgaste anímico me había hecho perder el apetito. Me introduje en mi habitación para descansar, pero la mente no podía detenerse en medio de tantas angustias. Las horas se hicieron interminables. No pude dormir. Me levantaba y caminaba en torno a la cama. Repasaba lo ocurrido y barajaba las posibles hipótesis, pero todas las presunciones desembocaban en la certeza de una nueva tragedia.
A la madrugada me dispuse a abandonar el hotel. Pagué la cuenta, tratando de conservar serenidad. Al salir a la calle, cualquier figura despertaba sospechas, la oscuridad dibujaba con sombras y penumbras formas acechantes. Al llegar a la terminal, esas sensaciones no cambiaron a pesar de la iluminación de la estación. Mi mente ya tenía síntomas de un agotamiento absoluto.
Al subir al autobús sentí una cuota de calma, como si esa burbuja rodante me estuviera garantizando la ansiada seguridad. Pero, a poco de andar, el viaje fue una continuidad de las vicisitudes del día, con esa rara sensación de haber esquivado un manotazo de la garra represiva que los compañeros no pudieron.
En algún lugar de una mente atribulada, la percepción empieza a construir un refugio y esa ficción genera una dosis de fantasía que resulta imprescindible para  mantener la cordura. Barajé la posibilidad de que hayan podido abandonar a tiempo sus casas y trabajos, quizás, algún llamado providencial los habría alertado antes del operativo. Tal vez, pudieron escapar y encontrar un refugio. Era la esperanza a la que mi mente intentaba aferrarse ante tanto desconsuelo.
Al llegar a Constitución, intenté tomar contacto con un compañero de la dirección. Los filtros con los que transcurrían nuestros vínculos en esos años, no permitían una conexión rápida. Recién a los dos días, pude encontrarme con Armando, quien terminó por confirmarme todos mis vaticinios: “Hiciste muy bien en volver rápido. Secuestraron a nueve compañeros, justo cuando vos los estabas buscando”.
Las fuerzas represivas habían arrebatado de sus casas a Ángel Alberto Prado, Juan Antonio y Mario Germán Rodríguez, Ana María Romoli, Mario Antonio Sasso, Norma Alicia Schiappani, Palmira Ruiz, Donaldo Molina Cornejo y Julio Manza Martire, que se sumaron a los otros dieciocho militantes marplatenses del Partido Socialista de los Trabajadores que permanecen desaparecidos y al crimen de Ana María Martínez. Aunque no tuve la oportunidad de conocerlos, salvo al chileno Juan Rodríguez, las sensaciones vividas en esas pocas horas, tan cerca de la tragedia, me acompañaron por muchos años. Imaginándome sus rostros, sus voces, sus penurias y el destino de sus jóvenes cuerpos.
Pocos imaginan que Mar del Plata fue una de las ciudades más castigadas por la represión. Quizás en el fondo del mar cercano o bajo las arenas de sus concurridas playas se encuentren los restos de muchos jóvenes que la barbarie desechó junto con sus esperanzas, sueños y utopías. En la paradójica “Ciudad Feliz” actuó una conjunción inédita, una perversa maquinaria integrada por civiles y militares que fueron los dueños de las vidas y consumaron una de las páginas más trágicas del genocidio.
Dicen que el tiempo se percibe como una consecuencia de los acontecimientos vividos. Ese día que viví en Mar del Plata lo recuerdo sumergido en un vértigo demoledor, donde todo sucedió a un ritmo infernal. En esas pocas horas, todas las expectativas de mis veintitantos años fueron mutando sucesivamente en incertidumbre, desconcierto y desasosiego. Pero, con el paso del tiempo, todas esas vicisitudes que se agolpaban en mi mente, cada vez que las recordaba, me parecía imposible que pudieran haber ocurrido en tan sólo veinte horas.





Los últimos selk´nam
Ese día me había sumado al grupo de amigos que habían organizado una excursión a la bahía Torito, en el extremo oeste del lago Fagnano, cercano a la frontera chilena. La idea era aprovechar el fin de semana largo para alejarnos del mundanal ruido y dejarnos seducir por el ancestral contacto con una naturaleza prístina.
Casi todos eran pescadores deportivos, que tenían esa pasión especial por bordear orillas de ríos y lagos fueguinos buscando pozones donde las truchas encuentran su refugio, para lanzar su anzuelo camuflado con imitaciones de insectos elaborados artesanalmente. A mí no me interesaba tanto el hobbie, me gustaba acompañarlos, compartir la pasión y disfrutar observando su devoción por el pique y el combate que se libraba una vez que el pez mordía el anzuelo. Toda la tensión del cuerpo del pescador se concentraba en sus brazos, pero la mente y el cuerpo se disponían a una batalla siempre de final incierto: el momento cumbre de la confrontación con el animal, que, si culminaba exitosamente, sólo ofrecía un instante de gloria para la captura fotográfica, antes de devolver el pez a su medio.
Por la mañana, nos levantamos temprano con el objetivo de dirigirnos hacia una bahía cercana, en la que alguna vez uno de mis amigos había detectado un sitio ideal para la pesca y ahora quería compartir su hallazgo conservado como un secreto profesional.
Los cinco emprendimos la expedición con gran entusiasmo y alegría. El clima agradable y el sol a pleno  eran una invitación a la inmersión en esa naturaleza salvaje que cautivaba.
A lo lejos, la “esfinge del  Indio”, ese rostro recostado que parecía tallado sobre la cresta de una montaña, era una especie de Cruz del Sur para identificar el camino que se debía seguir para llegar a la meta.  No se podía bordear el lago por las rocas amontonadas en la orilla, obra de algún movimiento sísmico, así que nos dispusimos a una larga caminata para sortear el obstáculo.
Al introducirnos en el bosque todos los sonidos externos desaparecieron, como si hubiéramos ingresado a una burbuja vegetal que sólo permitía oír algún aleteo de un pájaro, el crujido de una rama, la presión sobre el manto vegetal de nuestros pasos o el viento agitando la copa de los árboles.
Luego de una marcha en ascenso de una hora, desembocamos en una pendiente de casi 45 grados, que debimos encarar con cuidado para evitar una riesgosa caída en el turboso camino.  A medida que descendíamos se hacía más sonora la presencia del oleaje sobre la costa del Fagnano, hasta que luego de un matorral de calafates llegamos a una breve playa. Gustavo, quien nos estaba guiando, nos señaló en el horizonte próximo una bahía que era el destino deseado.
Mientras nos acercábamos, comenzaba a divisarse un valle que se abría paso entre las montañas, algunos manchones de árboles rompían la predominancia de un campo alfombrado de flores amarillas.
Cuando el sol se acercaba al cenit, ya estábamos alcanzando el ansiado objetivo. Mientras mis compañeros se aprestaban para su jornada de pesca, yo me dediqué a preparar el mate para tonificar la faena.  Se vistieron con sus waders y botas de neopreno para introducirse en las frías aguas del lago. Cuando estuvieron listos, comenzaron con sus esperanzados lanzamientos. Carlos, el más veterano, fue el primero en lograr un pique. Pero su faena no fue tan resistida por el pez, que al saltar desesperado sobre la superficie del lago mostró toda la belleza de una trucha arco iris de unos dos kilos de peso. Sólo fue el aperitivo del objetivo buscado.
Mientras mis compañeros se iban distanciando concentrados en el punto donde la tanza se clava en el agua, comencé a recorrer el paisaje con la mirada. En el fondo del valle algo llamó mi atención, era un delgado hilo de humo que se filtraba por el follaje. Lo primero que pensé fue sobre el riesgo de un incendio y la catástrofe ambiental que se podía generar. Le avisé a Carlos que iba a caminar alejándome de la costa y me dirigí de inmediato en esa dirección.
Con cada paso que daba iba barajando las distintas opciones, desde las más lógicas hasta las más fantásticas. Una de las ideas que me vino a la mente fue esa vieja ilusión de poder encontrarme con algún sobreviviente selk´nam, que para preservarse había tenido que internarse en la espesura de los bosques más recónditos de Tierra del Fuego, donde el hombre blanco todavía no llega. Allí, le resultaba posible subsistir recurriendo a sus hábitos milenarios.
Esa fantasía siempre reaparecía y fomentaba mis especulaciones. En la geografía de la isla, con lugares todavía inalcanzables para el ocupante occidental, deberían existir sitios ideales para conservar a un grupo humano aislado del mundo. Imaginé que alguna familia selk´nam pudo haber tenido la lucidez de advertir a tiempo la perversidad del hombre blanco y del inútil combate con sus armas de fuego. De haber descubierto su intolerancia, su avidez inescrupulosa de riquezas y su incomprensión de cualquier razonamiento por fuera del eurocentrismo.
Que algún nativo haya podido percatarse que el sutil discurso de los hombres de sotana llevaba consigo el aniquilamiento de su cultura ancestral y deducir que las continuas epidemias que exterminaban a su pueblo tenía un denominador común: el contacto con los forasteros.
Claro, que haber sacado semejantes conclusiones, en ese contexto propuesto por los invasores, exigía un grado de comprensión que desbordaba las posibilidades de razonamiento de cualquier ser humano.  Por esa razón, siempre tenía un rapto de lucidez en mis pensamientos que me hacían emerger a la realidad y desechar esa eventualidad.
Pero, reincidía e imaginaba conservar el secreto con los sobrevivientes, llevar a cabo una entrevista cumbre en mi carrera y poder difundir al mundo el testimonio. Sólo se trataba de una elucubración intelectual, al poco de deambular por los meandros de mis pensamientos, llegaba a la conclusión que mi éxito profesional iba a significar la catástrofe para ese grupo superviviente y que, con seguridad, hubiera optado por preservarlo antes que laurear mi currículum de periodista. 
Era como una idea recurrente que reaparecía en el momento menos pensado. Sobre todo, cuando recorría los sitios más apartados de los caminos y rutas, de los poblados y cascos de estancia, cuando la inmensidad vegetal y la espesura de los bosques se aprovechaban de la profundidad de los valles andinos para crecer desmesuradamente, cuando comprobaba las enormes extensiones de territorio donde habían podido prosperar bovinos, equinos y canes cimarrones alejados de la presencia del poblador fueguino; regresaba entonces esa eterna, inquietante y desafiante pregunta ¿y por qué no?
Avancé por esa breve planicie hasta toparme con el comienzo del bosque, me introduje en la espesura teniendo presente que el humo tendría su origen en un claro de la arboleda. Las lengas y coihues habían prosperado con total frenesí y la dificultad de la caminata iba creciendo.
En medio del silencio de esa burbuja vegetal, escuché el murmullo de un chorrillo que corría no muy lejos de ahí. Llegué a una barranca, en cuyo fondo un torrentoso arroyo irrumpía haciendo camino al andar.
Pude ver el humo detrás del matorral que comenzaba en la otra orilla. Fue tan grande el ímpetu que ni siquiera pensé en las dificultades que opondría la geografía a mi regreso y seguí avanzando.
Ya llevaba más de una hora de caminata, pero la ansiedad por lograr dilucidar el origen del fogón era más fuerte que cualquier razonamiento preventivo.
Tuve que encontrar un sendero para poder descender por el rocoso acantilado. Superadas las dificultades, llegué al borde del arroyo. Me pareció que no debía ser muy profundo, que lo más problemático para cruzarlo sería resistir la correntada. Recordé un relato de Lucas Bridges sobre el aprovechamiento de la técnica selk´nam para cruzar un curso de agua y me dispuse a reeditar esa experiencia.
Me desnudé, hice un atado con mis borceguíes y vestimenta, los até a mi mochila, elegí una rama de unos dos metros para tantear la profundidad y clavarla en el fondo para resistir la corriente, y di los primeros pasos en el agua. Lo más difícil fue soportar el agua helada al alcanzar mi cintura, pero seguí con el consuelo de que al llegar a la otra orilla iba a poder secarme y vestirme nuevamente.
La travesía no ofreció mayores dificultades, al pisar la playita sentí el calor del aire en un espacio protegido del bosque y a pleno sol. Me sequé muy rápido y me enfundé en mi ropa para seguir adelante.
Tuve que introducirme nuevamente en el espacio boscoso y tratar de evitar hacer ruido. Con sigilo avancé en medio del matorral por un camino en ascenso. Hasta llegar a una elevación que emergía del techo arbóreo. Fue cuando los vi. Por la sorpresa ante la profecía autocumplida quedé paralizado, no sabía qué hacer.
Abajo, a unos cincuenta metros de distancia, en torno a un fogón estaban ellos, los imaginados selk´nam, una familia que estaba preparando su comida en un fogón. Un hombre alto, de buena musculatura, de entre treinta y cuarenta años, vestido con un pantalón andrajoso y una capa de guanaco, estaba asando el cuarto trasero de un animal que podría ser oveja o guanaco. La mujer, alta y robusta, dejaba expuestos sus hombros de la vestimenta que le ofrecía un cuero entero de guanaco, estaba reparando una cesta cargada de calafates. A unos veinte metros, dos niños, de unos doce y ocho años, luchaban risueños entre los pastizales.  
¿Qué hacer? ¿Cómo reaccionarían ante mi presencia? ¿Si pudiera dialogar con ellos qué les diría? En medio de mis elucubraciones, moví una piedra y cayó por la pendiente. El ruido alertó a mis observados, el hombre enseguida alertó a los suyos con un silbido. Su cuerpo se tensó y su mirada comenzó a escrutar las elevaciones. Fue cuando sus ojos se clavaron en los míos y todo el pánico del mundo se reflejó en su rostro, sus manos atinaron a tomar el arco y las flechas, y se preparó para defenderse de cualquier ataque. Fue un instante que pareció durar un siglo.
En ese momento comprendí que lo mejor que podía hacer era retirarme lo más pronto posible y dejar a los supervivientes del genocidio en paz.
Me marché rápidamente, recorrí el camino de regreso en mucho menos tiempo. No dejaba de pensar en mi hallazgo, una mezcla de temor y culpa me agobiaba. ¿Cómo sería ahora la vida de los selk´nam al saber que los habían descubierto? ¿Qué les iba a decir a mis compañeros?
Al cabo de una hora estaba de vuelta en la orilla del Fagnano, reencontrándome con Gustavo que continuaba arrojando la línea con el mismo entusiasmo de la primera hora.
-         ¿Para dónde fuiste? ¿Ya estábamos empezando a preocuparnos por vos?
-         Todo bien, salí a recorrer el campo hasta que me aburrí y volví. ¿Cómo anduvo la pesca?






Final del Camino

Esa mañana, cuando quise levantarme constaté que mi cuerpo no me respondía. Luchando contra la impotencia, pude corroborar que mis extremidades estaban inertes. Mi organismo había sufrido un vertiginoso repliegue, quedando reducido a algunas limitadas percepciones. Escuchaba que mi compañera conversaba, pero no alcanzaba a definir sus palabras, sólo murmullos indescifrables.
Mi deseo de llamar la atención y comunicarme era infructuoso. Los componentes de mi cuerpo no respondían y no podía pronunciar palabra alguna.  La única opción que me dejaba el viejo organismo era limitarme a mirar en derredor de mi lecho y oír los sonidos lejanos del lento movimiento matinal de mi hogar.
En ese estado perdí totalmente el sentido del tiempo, me pareció que habían pasado muchas horas, hasta que ella entró al dormitorio, se recostó a mi lado y dulcemente intentó despertarme. Yo no podía trasmitirle nada, mis ojos se posaban en ella, pero parecía que no percibía mi mirada. El contacto con la temperatura de mi piel produjo una conmoción en su rostro y, con su diligencia habitual, se dirigió desesperadamente hacia el teléfono.
Me pareció que una escena se prolongaba en otra sin solución de continuidad. Ingresaron los médicos, hicieron sus comprobaciones y, con rostros compungidos,  algo le dijeron y ella se puso a llorar desconsoladamente.
Comprendí que había ingresado en un momento decisivo y que estaba transitando por un terreno inexplorado, pero no sentía temores ni angustias.
El paso de los años estaba cobrando la factura por los excesos cometidos. En los últimos tiempos, cada vez más, el despliegue físico necesitaba de un creciente período de recuperación. Las limitaciones en los movimientos se habían instalado con naturalidad y me sorprendía como habían logrado introducirse en la cotidianidad de mi vida. Las piernas, la cintura, el cuello y la memoria daban síntomas de agotamiento.  Era como una especie de rebeldía natural del organismo ante la prolongación inusitada de la vida, dejando evidencias de que no estaba preparado para sobrellevarla.
La vejez tiene la virtud de preanunciarse con sutilezas. El cansancio empieza a sentirse con una mayor frecuencia, algunas actividades paulatinamente empiezan a ser descartadas. El contexto social envía respetuosos mensajes, comienza el acostumbramiento a la aparición de dolencias inesperadas y los diálogos se van poblando de referencias a enfermedades, medicamentos y consultas a especialistas.
Se va pasando por lógicas etapas de una confrontación interna ante el nuevo horizonte divisado. La primera reacción es la negación. Anclado en la faena realizada en la víspera se intenta desmentir el paso del tiempo. Pero como toda obcecación, se va desplomando con la contundencia de lo indiscutible.
Cuando esas constataciones se van afirmando,  aparecen esporádicas explosiones de malhumor y descontento. ante el decurso inexorable de la vida. Nuestros  pensamientos se encuentran en una pugna permanente, van oscilando entre el pasado y el porvenir.
Luego, se manifiesta el temor a las limitaciones que se van imponiendo cotidianamente. En algunas ocasiones se entremezclan las súplicas, como inocentes iniciativas de reafirmación, hasta que se llega al estado de resignación, donde es posible cada amanecer corroborar, agradecido, que se ha superado un nuevo desafío.
Esa mañana, estaban ausentes las elucubraciones que poblaron mis pensamientos anteriores. Por el contrario, no sentía dolores y una sensación de alivio me dominaba, casi un estado de satisfacción.
Veía a mi pareja inquieta, hablando por el teléfono, pero, no escuchaba sus palabras. Notaba su rostro desencajado. Luego, entró mi hijo y con él esa inagotable sensación de felicidad que cada reencuentro me producía. Me sorprendió verlo lloroso, me abrazó,  me besó y sentí que me mojaban sus lágrimas.
Ya no escuchaba ruidos y todos los movimientos que percibía se producían en un marco de inusual silencio. Poco tiempo después, dejé de verlos, me pareció que alguien había cerrado mis ojos.
Inmediatamente ingresé a un torrente de coloridos y sonidos maravillosamente placenteros. Volví a sentir esa felicidad que me producía recorrer tierras desconocidas, conocer gente y descubrir historias.
Me pareció que el tránsito se hacía más lento hasta detenerse por completo. Así,  me encontré en mi querida cabaña, haciendo un asado, compartiendo vinos, historias y anécdotas con mis amigos.
Volví a sentir esa extraña e incomparable satisfacción ante un texto concluido y la jocosidad de mis colegas en interminables guardias periodísticas.
Aunque la vorágine parecía adquirir una creciente velocidad, las instancias de reencuentros me producían un gran deleite.
Un clamor multitudinario me sorprendió entre los ornamentos de la Plaza de Mayo rodeado de banderas rojas y un estado de exaltación colectiva. Decenas de queridos compañeros nos abrazábamos, luego de haber superado persecuciones, dictaduras y muertes, sentíamos que los sacrificios no habían sido en vano al poder imaginar la mágica proximidad de las utopías.
A continuación, me encontré con queridos compañeros en una de las habituales reuniones clandestinas, que eran el pequeño espacio de libertad que gozábamos ante tantas precauciones. El encuentro aportaba la felicidad de una semana sin bajas o la angustia aportada por una cita fallida.
Sentí la felicidad del reencuentro y los abrazos con el Cabezón, Armando, Pablo y Eduardito; con Eduardo, Aníbal, el Negro y Andrés.
De pronto, todo se oscureció, un pasillo de hospital daba marco a una sensación de ansiedad. La escena sorteó los muros y sentí unas manos amadas que apretaban las mías, temblando de emoción por llegar a ese deseado momento. Ese frío y despintado quirófano se llenó de colores cuando escuchamos los primeros llantos de nuestro hijo y pudimos compartir las lágrimas de una inédita felicidad.
De ese ambiente de penumbras, pasé sorpresivamente al patio de mi casa. Estaba colmado de gente, todos festejando la llegada de un nuevo año. Mis viejos, mis hermanos y mis compañeros de militancia compartiendo la euforia de un asado, los infaltables cuentos, anécdotas y bailes hasta la mañana siguiente. Era la sensación de protección y consuelo ante tantos peligros acechantes.
Luego me reencontré con el aroma inconfundible de las laboriosas manos de mi padre esmerándose  en peinar mi rebeldía capilar, con el patio de la escuelita de mi barrio colmado de bullicio infantil y el rostro joven de mi madre esperándome en la puerta.  
Esa sensación de espacio sin tiempo era enormemente placentera. Sorprendido por tantos halagüeños reencuentros, perdí la sensación del viaje que estaba emprendiendo.
Pero, nuevamente el torrente de colores y sonidos me atrapó placidamente, hasta llegar a una especie de vaporosa llanura donde no existía la sensación de pisar el suelo y algo indescriptible parecía indicarme que era el final del camino.
Una sensación de agradable ensueño comenzó a dominarme, me sentí feliz de tantos reencuentros y me dejé conducir por esa mágica y encantadora somnolencia.





Progreso Social

Siempre dudé que haya sido un accidente, a pesar de que las pericias así concluyeron. Existían sugestivos indicios que me llevaron a tener esa sospecha, aún con el paso de los años. Sentía una profunda indignación porque, de haber sido así, un poder en la sombra pudo imponer su voluntad y un manto de olvido enterró el caso.
Desde mi humilde y aislada labor periodística, no pude sacar a la luz la siniestra trama mafiosa que garantizó la impunidad.
Paradójicamente, un encuentro azaroso, dos décadas después, vino a confirmar todas mis sospechas. 
En el incendio del camión habían muerto dos personas. Mi hipótesis me hizo pensar que fueron víctimas de un operativo, donde se mancomunaron sectores de la justicia, empresarios, peritos, estudios jurídicos y contables para lograr que no se despierte ni una sola duda.
Antes de que ello ocurriera, Roque Traverso, trabajador de la empresa declarada en quiebra, había venido a verme con la copia de la resolución judicial que declaraba la interdicción del cargamento que trasladaba el camión. El vehículo debió retornar a la ciudad de Rio Grande, antes de que pudiera atravesar el paso fronterizo de San Sebastián.
Para los obreros se trataba de una maniobra de vaciamiento de los bienes que respaldaban el cobro de los haberes adeudados por la empresa textil o su utilización para encubrir un valioso contrabando.
El camión había partido el fin de semana previo a las fiestas navideñas, en medio de la feria judicial, cuando la gran mayoría de los pobladores fueguinos abandona la isla para emprender sus vacaciones. Esa migración masiva suele generar en la frontera argentino chilena grandes aglomeraciones, en el comienzo de la travesía hacia el norte. Era el momento indicado para pasar desapercibido en medio de esa turbulencia aduanera.
Pero, la presentación del abogado de la parte obrera, sacando a la luz la sigilosa partida de la carga, hizo que un juez de feria adoptara una acción inesperada que impidió la consumación de la maniobra.
Cuando llegó a la redacción la noticia del incendio del galpón de la empresa de transportes y las muertes del chofer y su compañera, parecía un hecho trágico más que ilustraría las páginas de policiales; pero cuando Roque volvió y me dijo que el camión incendiado y destruido era el que había sido intervenido por la justicia, comenzaron a dispararse mis dudas.
Las publicaciones sobre el siniestro describieron que “pasadas las dos de la tarde, el camión ingresó al depósito de la empresa. Llevaba una carga que debía haber llevado hacia Buenos Aires, pero un juez ordenó su interdicción, a raíz de una denuncia de los obreros de la empresa quebrada.  La guía de removido presentada ante la Aduana declaraba que transportaba estopa”.
El camionero viajaba con su concubina, para hacer más entretenida la tortuosa marcha por la estepa patagónica. “Había partido esa madrugada, pero, antes de llegar al paso fronterizo de San Sebastián, fue interceptado por la policía, informado de la orden del juez y obligado a regresar al galpón de Río Grande.
Sin saber si se confirmaría la realización del viaje, la pareja había decidido almorzar en el mismo galpón”.
El portero saludó al chofer al franquearle el paso y, mientras veía como el pesado vehículo se dirigía hacia el galpón, volvió a cerrar el portón con la ilusión de continuar comiendo el sándwich que le había preparado su mujer. Cuando se disponía a retomar la ingesta, sintió un breve zumbido que derivó en una explosión que sacudió las instalaciones. Salió de inmediato hacia el lugar, pero al intentar entrar al galpón una llamarada lo expulsó hacia el exterior, la temperatura se elevó considerablemente. Entonces el hombre optó por llamar a los bomberos e informar al responsable de seguridad de lo que había ocurrido.
“Los primeros indicios indicaban que al encender el calentador a gas que utilizaron, se produjo la explosión que terminó con  sus vidas y dejó al camión y su carga totalmente destruidos”, señaló la prensa.
Los documentos y testimonios que obtuve eran escasos y no podía publicar mis sospechas, salvo como interrogantes. Antes de empezar a redactar algo, intenté encontrar otros indicios.
Ese lunes, acudí por la mañana a conversar con una fuente informativa. El  abogado Eduardo Colman, había pasado por la función pública y, en ocasiones, me aportaba documentación e informaciones de interés. Cuando compartí con él mis interrogantes, los escuchó en silencio y se excusó de no poder aportarme información.
En ese momento, su actitud no me llamó la atención, pero, por la tarde, al regresar a la redacción y encontrarme con la inesperada visita del síndico de la quiebra, las sospechas comenzaron a levantar vuelo. De la única manera que el contador Roberto Bevilaqua se había podido enterar de mi pesquisa, fue a través del alerta dado por quien consideraba una fuente confiable.
“Yo no tengo nada que ocultar, toda la información que necesite sobre el expediente se la puedo facilitar”, afirmó Bevilaqua y se comprometió a hacerme llegar una copia de la documentación que disponía sobre la aprobación de la salida de la carga.
Así fue que, al recibirla y comenzar a analizarla, encontré que los camiones autorizados a ser despachados hacia Buenos Aires fueron cinco, de los cuales cuatro habían logrado traspasar la frontera. La supuesta carga que llevaban era estopa, un material de escaso valor comercial como para justificar el alto costo del transporte por esos tres mil kilómetros.
Con esos aportes extraídos de la documentación, escribí un artículo con los interrogantes que el caso planteaba, con la esperanza de que la divulgación de esos puntos oscuros permitiera el aporte de alguna información adicional.
Cuando llegué a la redacción el día siguiente, me esperaba una carta de la jueza interviniente, María del Carmen Bossio, quien me invitaba a conversar sobre el caso. Cuando concurrí a su despacho, me atendió con mucha deferencia y me explicó las gestiones realizadas: “Toda la tramitación siguió los pasos rutinarios de una quiebra, donde la labor del juez pone prioridad en que los más desprotegidos puedan cobrar sus acreencias. Pero le adelanto que los bienes disponibles y las presentaciones hechas por los principales acreedores, dejan muy pocos recursos para hacer frente a las deudas salariales”.
-¿Cómo puede justificarse la autorización de la salida de cinco camiones cargados de estopa vendida en Buenos Aires? ¿Qué saldo deja esa venta después de descontar el costo del transporte?
-Muy poco, pero son parte de los bienes existentes y si se pueden realizar son aportes económicos que no se pueden descartar aunque sean mínimos. La otra alternativa era dejar que esos materiales se echen a perder…
-¿Cuándo podré contar con una copia del expediente?
-La semana próxima se lo hago llegar al diario.
La promesa nunca se cumplió y jamás pude volver a hablar con ella, fueron infructuosos los intentos de entablar un nuevo diálogo. 
Tampoco logré que mis interrogantes pudieran despertar el interés o el aporte de algún lector.
Pocos días después, se conocieron las conclusiones de la pericia de los bomberos: el incendio había sido accidental y se debió a la imprudencia del chofer. Al haber encendido un calentador a gas al lado del camión, propició que una chispa tomara contacto con elementos de combustión y se desatara la tragedia.
Las pocas posibilidades de desarrollar la investigación fueron desalentando mis sospechas. Pasó el tiempo y, al no obtener algún dato que pudiera aportar claridad, casi me olvidé del caso.
Los obreros de la firma quebrada no pudieron cobrar sus salarios e indemnizaciones adeudados. En tanto, los que participaron en la causa tuvieron destacadas carreras. La jueza llegó a ser camarista, mi fuente pasó a ser diputado y el contador estuvo a la cabeza de un ministerio, y sus fortunas se incrementaron sustancialmente.
Una tarde, muchos años después, estaba conversando con un vecino y el tema de la explosión se introdujo inesperadamente en la charla. Me contó que tenía que ir a visitar a su padre, que estaba con tratamiento siquiátrico. Desde que se quedó sin trabajo, empezó a tener alucinaciones y fue empeorando cada vez más. Me dijo que fue testigo de algo grave que lo trastornó.
Era el portero de la empresa de transporte siniestrada y la explosión había ocurrido cuando él estaba trabajando.
-Sabés que yo siempre tuve dudas sobre lo que pasó y sospeché que ese camión no llevaba estopa sino artículos muy valiosos de contrabando. Algunos estaban haciendo un gran negocio y se les arruinó, y quisieron que no quede ninguna prueba, le comenté. 
- Mi viejo también tenía dudas. Para él el chofer no tuvo tiempo de encender el calentador como dijeron, porque no llegó a pasar un minuto del momento que el camión ingresó al galpón, cuando se produjo la explosión. Además, fue tan fuerte el estallido que se derrumbó casi todo el galpón. Los bomberos sólo recorrieron el exterior, ni siquiera removieron la montaña de escombros que había quedado, para averiguar el origen de la explosión y qué contenía el camión. Él siempre creyó que fue un atentado, que en el camión no había estopa sino algo de mucho valor. Eso y las muertes del camionero y su mujer, terminaron por volverlo loco.
Esa noche, me puse a buscar las anotaciones que tenía sobre el caso y sólo encontré unas hojas borrosas carcomidas por la humedad. El implacable paso del tiempo ni siquiera dejaba la posibilidad de reconstruir los hechos. Los crímenes y una maniobra mafiosa habían quedado sin resolver.
Entre mis apuntes, subrayado, sólo alcancé a leer: ¡Dos muertos para borrar las pruebas de un negociado!  

                                                   Descubrimientos
Un día nos asombramos de ver una mole navegando a lo lejos. Después nos acostumbramos y cada vez más seguido empezamos a ver esos extraños navíos, no eran como las acrobáticas canoas que hacíamos con las cortezas de los árboles, livianitas e intrépidas para superar las tempestades australes. Esos barcos aparentaban ser majestuosos, enormes, temibles… 
De a poco se fueron acercando y un día descendieron extraños seres que buscaron hablar con nosotros, cuando pudimos entenderlos, nos sorprendió su obsesión por las piedras brillantes.
En ocasiones, los estruendos de sus palos de fuego fueron la respuesta a nuestros saludos y muchos hermanos cayeron desangrados, sin que supiéramos la razón de sus ataques. Otras veces secuestraron a algunos de los nuestros y nunca más volvieron. Así fuimos descubriendo que no eran personas de fiar.
Se familiarizaron con la isla y comenzaron a desembarcar. Primero fueron los buscadores de oro, dispuestos a todo por esas piedras, a robarnos nuestras mujeres y hasta a matar a esposos e hijos para convertirlas en esclavas sexuales.
Un día encontramos las praderas fueguinas invadidas por guanacos blancos y animales sobre los cuales montaban los invasores. Los campos comenzaron a ser cercados por hilos que lastimaban y cuando los pasábamos, los guardianes de los estancieros nos acribillaban porque decían que los campos eran suyos.
Ya no podíamos transitar por la tierra de nuestros ancestros ni alimentarnos de lo que nos ofrecía la naturaleza.  Descubrimos que ahora la tierra tenía dueños y los animales también.
Luego llegaron hombres vestidos con gorras y botas lustrosas, que también nos persiguieron porque incumplíamos leyes que no conocíamos.
Descubrimos que ahora éramos de un país, que tenía un gobierno al que había que obedecer. Que esos gobernantes habían considerado desierto a los territorios ocupados por pueblos milenarios y que hicieron una campaña militar para desalojarlos a sangre y fuego, y repartir las tierras entre los suyos.
Entonces descubrimos que con esas leyes, que supuestamente nos protegían, fuimos perseguidos, robados, torturados y fusilados sin acusación, juicio ni condena.
También, descubrimos que esa sociedad, a la que nos querían integrar, ni nos tomaba en cuenta en sus censos y que tampoco podíamos votar a las autoridades a las que teníamos que obedecer.
Al mismo tiempo, llegaron hombres de sotana que se horrorizaron de nuestros cuerpos desnudos y de nuestros genitales, pero no de nuestros sufrimientos ni de las matanzas que ejecutaban sus colegas forasteros. Pregonaban que debíamos resignarnos, porque de todos los despojos sufridos íban a ser compensados por un ser todopoderoso y justo. Nunca pudimos apreciar sus poderes benefactores. Y descubrimos que debíamos temerle y rezarle para tener una mejor vida después de muertos.
Para esos hombres sólo valían sus ideas, sus costumbres y sus creencias. Así descubrimos que nos consideraban inferiores, hasta llegaron a dudar si éramos humanos…
Ahora nos cazaban y nos llevaban encadenados, presos por resistir; confinados a una lejana isla o hacia las ciudades donde nos subastaban como peones, nuestras mujeres como sirvientas y nuestros niños como criados.
Para encontrar un refugio, debimos aceptar que nos impongan vestidos, idioma, dios, religión, culpa y pecado. Nos fueron concentrando en misiones, donde nos hacían trabajar por galletas y vivir separados de nuestras mujeres.
Descubrimos el hambre y el alcohol que nos inutilizaba y, para colmo, a un enemigo invisible que trajeron consigo esos hombres y que se metía en nuestros cuerpos y nos mataba por dentro. Descubrimos enfermedades, epidemias y mortandades masivas, hasta que casi no quedo nadie 
Demasiado tarde descubrimos que la civilización era barbarie…




El amor a la hora del ocaso


Mientras caminaba bordeando el campo, su mirada era atrapada por las nubes multicolores que adornaban la medianoche estival. Lo acompañaba su perro, fiel compañero de ostracismo.

En su mano derecha llevaba aferrado un sobre, presintiendo que contenía un anuncio largamente esperado. Cada tanto, sus dedos temblorosos lo acercaban a su mejilla, tratando de  encontrar  un aroma familiar que le aportara recuerdos perdidos en los suburbios de su memoria. Promediando el camino, sus ojos comenzaron a poblarse de lágrimas, al encontrar un punto de convergencia en el enorme espacio dejado por la última década.

La noche fueguina no terminaba de evadirse y el crepúsculo se insinuaba en esa única y espectacular transición al día.

Los baches de las calles olvidadas asemejaban un paisaje lunar. El barrio estaba poblado de casas abandonadas, que lentamente se convertían en víctimas del implacable viento que, en esa época del año martirizaba a los pobladores de la isla. A lo lejos se recortaban los monumentos derruidos  de un pasado industrial que ilusionó a miles de personas con su transitoria prosperidad.

Los perros, abandonados por los emigrados, se retrotraían a sus hábitos ancestrales y asociados en jaurías dominaban los espacios suburbanos. Un lejano coro de ladridos y aullidos se sumaba a la rutina de los pobladores que se resistían a partir.

El septuagenario tenía el paso firme. Había caminado a ritmo regular los cuatro kilómetros que separaban su cabaña del centro de la ciudad. En sus ojos se percibía un brillo especial que le daba vitalidad a su figura.



Esa tarde, como todos los viernes, había ido al correo a retirar su eventual correspondencia. Desde la suspensión de los vuelos,  el despacho y la recepción postal eran azarosos.  No estaba garantizado que los envíos llegaran a destino y las demoras en la recepción eran imprevisibles. Por otra parte, el cierre de la empresa prestadora del servicio de internet había dejado sin comunicación virtual a los usuarios y la telefonía celular acompañaba con deterioro la disminución de sus clientes.

Cuando recibió el sobre, no se animó a abrirlo. Sabía quién era su remitente. Para controlar la ansiedad de tantas semanas sin novedad, fue al viejo bar para armarse de decisión, con la templanza que podían aportarle algunos sorbos de ginebra.

Eligió la misma mesa que había sido el escenario de la despedida. En ese lugar, ella le había confirmado su partida hacia tierras lejanas. Allí, habían permanecido varias horas, con sus manos entrecruzadas y anclados en sus miradas, con la ilusión de poder vencer al tiempo.

Al sentarse y apoyar sus brazos sobre la mesa, recordó el dibujo informe que entonces habían trazado las lágrimas comunes sobre la desgastada madera.



El mozo le sirvió la ginebra. Luego del trago inicial, dejó ceremoniosamente la carta sobre la mesa y fijó la mirada en el corazón dibujado en el reverso del sobre.

No se animaba aún a develar su contenido, temiendo, como en otras ocasiones, que fueran simples descripciones de paisajes, algunas anécdotas y la postergación sin fecha del ansiado retorno.

Lentamente consumió la bebida con la mirada perdida. Antes de pedir otra medida de licor, se decidió y despegó la solapa con delicadeza. Le resultaba insolente romper el papel, a pesar de que la ansiedad lo ponía al borde de la sofocación. Al abrir el sobre, sus pulsaciones adquirieron un ritmo inusitado. El anuncio del retorno fue el alivio esperado, aunque supo que los días que faltaban para el reencuentro se harían interminables.



Mientras bebía su segundo vaso, no pudo dejar de repasar los recuerdos que lo acompañaron durante estos largos años. Pero no lo soportó, necesitó del aire fresco del anochecer. Terminó su ginebra y comenzó a desandar el camino.

La ciudad no era un buen escenario para el recorrido que le esperaba. La otrora bulliciosa avenida estaba desierta, sus veredas eran una complicada red de grietas y desperdicios y, de tanto en tanto,  algún desvencijado vehículo rompía la desolada rutina de la ciudad.

La rotonda de la ruta estaba cubierta de arbustos que apenas dejaban ver los extraños monumentos de una época de esplendor. Los restos de las luminarias ahora se erigían como monstruos informes y acechantes.

Esas imágenes, hoy no le producían la carga depresiva habitual. Mientras caminaba sentía que sus pies no terminaban de tocar el cemento derruido de la acera, parecía que flotaba y que sus pasos se afirmaban en el aire.

Recordó el primer encuentro y las citas subsiguientes, hasta que su presencia se fue haciendo cotidiana. Cuando los días se fueron poblando de su silueta y de su voz, y no aparecían amenazas a esa desbordante felicidad. A pesar de ello, desde el primer momento tenía la certeza de que sus ansías de volar eran casi incompatibles con su vida en aquel marginal lugar del mundo.



Cuando el cielo se convirtió en un deslumbrante collage de tintes rojizos, amarillos y fucsias, divisó su cabaña.  Su perro comenzó a correr hacia ella para esperarlo, darle la bienvenida con los frenéticos movimientos de su cola y la esperanza de encontrar una caricia.

En los últimos metros aceleró el paso, presintiendo que al entrar a la cabaña iba a percibir su presencia. Era como cualquiera de esas noches cuando esperaba el ansiado llamado anticipando su llegada, cuando el ruido de la puerta del auto era el preludio de los besos que quedarían impregnados en su piel.

Ella ansiaba otras geografías, la decadencia que se imponía a pasos agigantados le resultaba insoportablemente deprimente.

Luego del adiós, cada carta le fue aportando el oxígeno que el norte se empeñaba en extraer.

En esta larga década, muchas veces evaluó la posibilidad de abandonar el lugar, pero nunca se sintió con fuerzas como para iniciar una nueva vida.

Su consuelo lo encontraba escribiendo y esa labor se fue convirtiendo en una obsesión. Sus artículos se fueron quedando sin medios para ser publicados. Las radios se cerraron una tras otra y el canal oficial sólo trasmitía sorteos de juegos de azar y rituales evangélicos. Su viejo ordenador seguía acumulando textos que nunca se difundirían. Él era conciente de esa perspectiva, pero persistía con ahínco en el intento de dar forma a nuevas historias y relatos. 

Entre tantas cavilaciones, concluyó que su vida fue una prolongada cadena de despedidas. Los compañeros asesinados o desaparecidos, los amigos y amores que quedaron en el recuerdo, los proyectos fracasados y las utopías averiadas por tantos choques con la realidad. El vacío asfixiante que le dejaba cada partida de su hijo. Los amigos que abandonaron la isla y el país, y ese amor que siguió iluminando su madurez a la distancia… Ella seguía siendo su musa inspiradora, mientras fantaseaba con su ansiado retorno.



A la congoja por todas esas distancias y partidas se sumaba haber sido testigo del desmoronamiento de una sociedad. Se sentía como una Casandra moderna, que había advertido los efectos que producirían los reiterados gobiernos neoliberales, el jolgorio de las importaciones y las sesgadas campañas de economistas y periodistas del sistema contra el costo fiscal de la promoción económica. En la misma sintonía estaba la complicidad de los sucesivos gobiernos de la isla y las oportunidades perdidas para transitar un camino distinto al unicato capitalista.

Y el final anunciado: los pobladores inmersos en la desilusión, se vieron ante la única opción de emprender el retorno a su punto de partida migratorio.



La casa estaba como cuando fue el escenario del adiós. Al abrir la puerta, supo que infinitos detalles se agolparían ante sus ojos, dando testimonio de su anhelada presencia. Corrió las cortinas de los ventanales y las montañas nevadas rememoraron las imágenes de los momentos compartidos.

El pendiente de plata, que asemejaba a una gruesa lágrima, todavía colgaba de la hamaca paraguaya, como lo había dejado en la noche previa a su partida. El brillo que irradiaba se convirtió en un dulce consuelo en medio de la penumbra.

Preparó el mate, dejó la carta sobre la mesa y la acarició largamente.

Abrió nuevamente el sobre y releyó con detenimiento el texto: “Hola mi amor. Mis alas se han desplegado, vuelvo a tomar altura con un decidido rumbo austral. Ansío estar cerca tuyo, compartir tus mates y tu hamaca, y recuperar tus abrazos. Llego el martes.”

Se quedó hasta la madrugada mirando el horizonte, cada tanto las lágrimas surcaban su rostro y se estremecía cuando trataba de recordar el calor de su piel, sus mejillas sonrojadas y el imán de sus ojos claros. Se acurrucó en la hamaca, soñó con el abrigo de su cabellera y presintió que era besado miles de veces.

Cuando se durmió, una olvidada sonrisa se insinuó en su ajado rostro. 







Una cita inesperada





 

“…A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero
que tenemos que hablar de muchas cosas
compañero del alma, compañero…
 Miguel Hernández

  

 Miguel Hernández


Esa tarde, el bar Guaraní, como en los viejos tiempos, se encontraba muy concurrido. Después de muchos años sin haberme sentado en una de sus sillas, volví a quedarme prendido de las siluetas y personajes que visualizaba transitar, a través de sus cristales, por la esquina de Pueyrredón y Paraguay.

Los recuerdos se agolpaban. En torno a sus mesas sostuve algunos encuentros de los primeros años de militancia estudiantil, citas amorosas y otras de la clandestinidad. Era muy fuerte la galería de recuerdos, de imágenes que se sucedían acompañadas de sabores, olores, sonidos y canciones. Tal vez, ese desapacible atardecer de julio aportaba los condimentos necesarios como para que las nostalgias acumuladas comiencen a desfilar impetuosamente.

En un instante algo familiar  llamó mi atención, no sabía qué podía alterar mis sentidos de esa manera; hasta que vi su rostro, con esa sonrisa de niño, que se acercaba a mi mesa. No  podía creer que algo, tantas veces imaginado y deseado, se pudiera ver realizado.

Me levanté y fui a su encuentro, nos abrazamos y parecía que el tiempo se había detenido. Era un abrazo que nunca nos habíamos dado, que revivía vivencias y dolores de ausencia.

El ‘Cabezón’ se sentó como si hubiera sido ayer nuestra última cita. Con toda naturalidad comenzaron a brotar las palabras contenidas por décadas. Su particular forma de hablar, con la ‘s’ cancina y la porteña entonación de la ‘y’, se volvía a familiarizar en mis oídos. Siempre me resultó agradable conversar con él, era sencillo hablar de cualquier cosa, tenía una especial ductilidad para abordar con naturalidad los temas más ríspidos.

Su imagen siempre parecía frágil, su voz eternamente joven, casi aflautada, no era contundente, pero destilaba certezas y convicciones. Tenía sonidos de barrio y de complicidades, de picardía y fraternidad.

¿Cómo andas flaco? descerrajó enseguida, mientras el mozo colocaba sobre la mesa los dos cortados pedidos.

-         No sabes el tiempo que hacía que quería encontrarme con vos. Hace unos meses que volví a Buenos Aires y parecía que todos los rincones por los que anduve en esta ciudad me habían dejado recuerdos impregnados. Cada vez que pasaba por alguno de ellos, me esperaban agazapados para abalanzarse sobre mí. ¿Te acordás de nuestros primeros tiempos en la Facultad? ¿de la agrupación Avanzada? ¿Te acordás de nuestras citas en este boliche? Yo siempre me acuerdo de vos y del Oso, cuando después de cada reunión me acompañaban hasta Once a tomar el tren. ¡Cómo me meloneaban!

-         Si, lo recuerdo. Vos eras medio ultra y un poco de chamuyo concientizador  no te venía mal. Me acuerdo que hablábamos siempre sobre cómo hacíamos para ponerte en vereda, porque salías con cada cosa…

-         Es que éramos tan pibes… Sabés que yo recién ahora me dí cuenta de eso. Tal vez, al ver a mi hijo, con la misma edad que teníamos nosotros cuando abrazamos la militancia, pude comprenderlo y descubrirme en esos 19 años. Cómo no íbamos a tener quilombos en la cabeza… Lo mágico fue como pudimos hacernos revolucionarios sin dudar, seguros, despojados de temores y cargados de certezas.

-         Si, esos tiempos nos marcaron para toda la vida y nos dieron una fortaleza asombrosa en nuestros actos y convicciones.

-         Que quilombo eran nuestras reuniones, cuanta anarquía, todos hablando al mismo tiempo, hasta que vino la petisa Mercedes, ¿te acordás? Y con sus encantos maternales comenzó a ordenar nuestras discusiones.

-         Si, me acuerdo, estaba con su panza de embarazada a punto de explotar y ni se quejaba. Comenzaban nuevos tiempos, con el ‘Cordobazo’ se fue acabando la dictadura de Onganía y comenzamos a descubrir otros horizontes. Después de esos tiempos inaugurales, volvimos a encontrarnos en la fábrica. Tuve tanta alegría de reencontrarte, pero duró tan poco…

-         Si ¿Vos seguiste en la Fiat?

-         Poco tiempo más. La fábrica era muy pesada, te acordás que se decía que los matones habían cagado a palos a un activista dentro de la planta y después lo hicieron despedir. Bueno, la cosa estaba complicada, pero había reacción, empezamos a organizar a un grupo de activistas, pero un mes antes de las elecciones de delegados me llegó el telegrama de despido. El día que no me dejaron entrar, me encuentro con Hugo Curto, el dirigente de la UOM,  en la puerta de la fábrica, le muestro el telegrama y muy suelto de cuerpo me dice: “que querés pibe, vos caminabas mucho la fábrica”. Quedaba claro que sus acuerdos con la patronal incluían la eliminación de los posibles opositores.

-         ¿Cómo reaccionaste con mi secuestro?

-         Mirá, esa misma tarde me avisaron y la dirección me propuso que renuncie. ¡Después de lo que me había costado entrar! Pero, decidí seguir laburando porque sabía que podía confiar en vos. Pero, no sabés lo difícil que fue hacerme el boludo cuando los compañeros de la sección me preguntaban: “¿y Eduardo? ¿qué pasa que no viene?, ¿está enfermo?” No sabía cómo hacer para tomar distancia de vos, para decirles que no sabía nada, que te había conocido en la fábrica y no sé cuantas cosas más. Al mismo tiempo,  saber que la estabas pasando mal. Tuve que disimular y guardarme el dolor, la pena, la bronca, la indignación, la incertidumbre…

-         Sí, me imagino. En esos momentos de tortura, cuando sabes que sos una insignificancia para esas bestias, que procuraban hacértelo saber a cada instante, lo único que te sostiene es creer que el partido iba a vencer, que esos imbéciles estaban perdidos, que la revolución los iba a barrer de la faz de la tierra y sólo serían una pequeña anécdota en la historia humana. Era como una enorme esperanza que se imponía ante al dolor físico y la degradación. Eso te sostiene y ni se te cruza por la cabeza delatar a un compañero. Era como sentirse parte de un organismo, de una colmena, donde sabes que se podía perder un individuo pero el resto del colectivo iba a seguir adelante.  Comprendiéndolo, uno se hace fuerte dentro de las escasas posibilidades que te quedan, sólo podes pensar en preservar la organización porque está mucho más allá de la contingencia.

-         Siempre pienso en vos, en Arturo, en el Negro Robles, en Armando, en Tony y creo que murieron felices de saber que todo lo que aportaron no había sido en vano, que la revolución estaba a la vuelta de la esquina y que los compañeros iban a tomar la posta para llegar al ansiado objetivo común. En cambio hubo otros que no pudieron soportar la vida con nuestro sueño tan deshilachado…

-         ¿Qué sabes de María?

-         Mirá la última vez que la vi, fue en San Bernardo, en los últimos años de la dictadura. Nos encontramos caminando por la playa, la vi muy triste, pero presentí que quería estar sola, caminamos un rato juntos, pero parecía que el dolor de a dos se agigantaba y nos despedimos. Recuerdo siempre su frase de despedida: “Cuando vuelva Eduardo nos vamos a juntar”. Y nunca más la vi ni supe de ella…

Me levanté para ir al baño y cuando regresé el ‘Cabezón’ ya no estaba. A pesar de la informal despedida, tenía plena certeza de que esa cita tan esperada se había consumado.

Mientras el cristal empañado del bar distorsionaba las siluetas de la calle, mi mente se retrotraía al momento en que un "hachazo invisible y homicida" lo arrancó de nuestro lado. Cuando la asfixiante impotencia imponía visiones de venganza. Cuando el dolor sólo encontraba consuelo imaginando movilizaciones irrumpiendo en los sitios de torturas, compañeros amasijando a las bestias y rescatando a nuestros queridos camaradas…           

El bar Guaraní ya no existe, no pude volver a mirar la ciudad a través de sus cristales ni a evocar ese breve encuentro.

Nunca pude dilucidar si el ferviente deseo de volver a ver a un ser querido puede llevar a que se plasme tal como fue imaginando. Pero, pude comprobar que al haberlo percibido realizado, esas sensaciones vividas o imaginadas se fueron convirtiendo en un consuelo que inesperadamente encontré en mi camino…








LAS UTOPIAS DE SISIFO

(Pequeña obra de teatro)

(El escenario presenta una oscuridad total. Lentamente, se va iluminando, Pero no deja de estar en penumbras e invadido por una niebla, que se hace más notoria a medida que la luz se concentra en el lado derecho del escenario. Una silueta de mujer comienza a ser percibida. Está sentada, hace un leve y repetido movimiento. Tararea una melodía que no llega a ser escuchada con claridad.

En otro ángulo de la escena, comienza a divisarse a un hombre que camina sin verla. Va vestido con un pantalón de jean, zapatillas, campera y gorra.  Paulatinamente, su  figura comienza a verse con claridad,  se lo percibe inquieto, nervioso, ansioso.)





Él - La brisa apenas mueve la vegetación, el silencio de la noche es casi total, las calles están desiertas... En medio de una paz tan profunda me siento inquieto...

El exceso de serenidad me turba. El vasto mundo dibuja un instante de calma, presiento que se trata de la calma que anticipa las tempestades.

Todos mis sentidos se ponen alertas para detectar los signos de las convulsiones  por venir...



Todos los grandes interrogantes humanos vienen a mí. Las preguntas más primitivas se entrecruzan con las del presente... Las dudas se recrean y multiplican...

¡Siento que mi cabeza está a punto de estallar...!



(Se va disipando la niebla y puede verse con más claridad a la mujer, que está vestida con ropas amplias y oscuras, un pañuelo atado cubre parcialmente su cabello, pero su rostro todavía está parcialmente oculto por la niebla. Delante de ella se encuentra un caldero humeante y lo está revolviendo con un cucharón de madera)



Sé de la existencia de una sabia mujer, sin edad y sin tiempo...  que canta melodías que enaltecen al instante a quien la escucha y cuenta  historias que atienden a cada uno de los interrogantes que angustian a los seres humanos.

En su caldero se cimenta la sabiduría. De sus profundidades van brotando los caminos recorridos por hombres y mujeres desde los primeros tiempos de la evolución y se atesoran sus experiencias...



Aunque contradiga mi propia historia, presiento que en el diálogo con ella encontraré muchas de las respuestas que estoy buscando...



(Al divisar a la mujer se acerca a ella)



-Señora, estoy ansioso por hablar con usted. He vivido tanto tiempo en el corazón de la refriega, que la tranquilidad y la inacción me oprimen el pecho.

Mi sangre, a ratos, circula a borbotones y mi vocación me lleva inexorablemente hacia el torbellino de conflictos, que presiento inminente.

No puedo ser indiferente frente a la devastación, la miseria generalizada y los sufrimientos que lastiman mi mirada.

Mi desesperación me impone búsquedas, mis noches se llenan de sueños y mis días de utopías…

Supongo que debe haber tenido muchas consultas similares...

¿Usted me puede ayudar a calmar esta angustia?



Ella.- Despacio hijo, estas hablando de cosas muy grandes, muy serias, de fundamentos...

Nada más ni nada menos que de las dudas e interrogantes esenciales del hombre. Entonces, la peor compañía para esa búsqueda es el apresuramiento.

Debes alcanzar la paz interior para que tus pensamientos no se perturben con la pasión.

No hay historia demasiado larga para el sabio, si logra encontrar algunas respuestas...



La palabra nos lleva al razonamiento, pero el razonamiento hace desencadenar nuevas formulaciones. Su recorrido ha trazado un camino milenario, en su ancestral historia su punto de partida siempre ha sido el intento de comunicar un pensamiento que responda a esos interrogantes que provocan angustias.



El.- Justamente, esa es la causa de mi desasosiego y desesperanza…



Ella.- Muchas veces, la solución a los dilemas más complejos los encontramos en cosas simples, en acciones de nuestros semejantes que van alumbrando nuestras ideas. 



Sabes hijo que en guaraní, “ñe e” significa palabra y también significa alma. Ese pueblo cree que la palabra debe ser cuidadosamente utilizada, que es preferible callar antes que hablar sin fundamento. Ellos creen que quienes mienten o dilapidan las palabras son traidores del alma.

Cuando nuestro decir es sincero, cuando la necesidad de exponer surge de lo profundo, la voz humana tiene una fuerza formidable.

Si la intentan acallar hablará por las manos, por los ojos o por los poros, o por donde sea. Porque todos tenemos algo que decir a los demás, alguna idea o un sentir que merece ser compartido.

Cuando se inicia un pensamiento y se lo da a conocer, comienza la confrontación. No hay otra forma de alcanzar la verdad.

El gusano inquisidor se halla en la esencia del hombre; y hay que buscarlo allí...

Cuando se llega a la respuesta esperada por muchos, no hay prejuicio o represión que pueda evitar su propagación.



El.- He andado por infinidad de caminos, hubo momentos en que me sentí muy acompañado y otros que me encontré muy solo... Como ahora.

Muchos de los que me acompañaron abandonaron la búsqueda... otros perecieron en el intento…



Las necesidades y los temores, el cansancio y la lucha por la subsistencia...

Esa telaraña que atrapa a los individuos y que les hace abandonar el camino de los sueños, funciona como una maquinaria implacable...

Una aplanadora de rebeldías y anhelos transformadores…



En los momentos de los acompañamientos masivos, parecía que la euforia que nos embriagaba hacía que nuestros sueños comenzaran a visualizarse y que los tuviéramos al alcance de la mano... ¡Parecía que estaban tan próximos!  

Las utopías se renovaban y no había imposibles que neutralizaran nuestros ideales...



Pero, tanto mirar el horizonte nos hizo perder de vista nuestros pasos y tropezamos tantas veces...



En el momento del acompañamiento, la vida era limpia y noble. Era una comunión permanente, una conexión con grandes y tiernas almas, que valoraban los ideales y a sus semejantes por encima de los bienes materiales y los intereses personales.



El débil gemido de un niño pobre o el grito indignado de un proletario tenía más importancia que toda la pompa de las instituciones oficiales y las especulaciones de los mercaderes.

No se encontraba más que nobleza en los fines y heroísmo solidario en el esfuerzo cotidiano.

La humanidad irrumpía en un nuevo espacio donde había lugar para la literatura, la filosofía, la ciencia, la solidaridad y el amor…



Entonces mis días eran luminosos y mis noches estrelladas...



Ahora, el cielo siempre está cargado de oscuros nubarrones...



Sabe las veces, que cargado de angustias, pensé en terminar con mis días...



Ella.- Abandonar la lucha, creer que no es posible seguir y terminar con tu existencia, es confesar que se ha sido sobrepasado por la vida o que no se pudo llegar a comprenderla....

El ser humano es la síntesis de una larga historia de éxitos, pero también de una mucha más larga historia de fracasos.



De la asociación de organismos unicelulares conformando otros mucho más complejos. De haber dejado de ser anfibio y primate; de haber superado guerras y hambrunas; epidemias, cataclismos y desastres. De haber vencido a las fieras más temibles, de haber consumado felices apareamientos y herencias…



La vida nunca fue fácil, la desazón de la coyuntura no puede hacernos olvidar las enseñanzas dejadas por los fracasos ni, sobre todo, los éxitos logrados.



Él.- Pero, a pesar de esas verdades, el presente se impone con brutalidad. No se puede ser indiferente ante los sufrimientos colectivos ni frente a la insensibilidad e irracionalidad de los poderosos. Ellos siempre priorizan la preservación de sus privilegios, sin medir los costos humanos o ambientales de su egoísmo extremo…

Una sociedad que continúe siendo gobernada por esa gente se aproxima irremisiblemente a la barbarie y al cataclismo planetario.



Ella.- Cada individuo  se siente exigido a hacer los gestos rituales que le ordena la vida social, por muchas razones, pero principalmente por costumbre. Aunque los critiquemos, esas rutinas se sustentan en la sabiduría acumulada y necesaria para sobrevivir.

Dejarse morir supone aceptar, aunque sea instintivamente, lo absurdo de esa costumbre. Que ya resulta  inútil el sufrimiento, que no se ha encontrado o se ha perdido la razón de la existencia...



En la vida social, lo cotidiano adquiere un peso enorme y ese es el camino que sigue la existencia.

Pero un día se alza el ¿por qué? Y, ante las incongruencias evidenciadas, surge la audacia del ¿por qué no?  

Todo comienza con la sensación de que algo no funciona bien. Con la fatiga que deviene en interrogantes, en la aparición de nuevas ideas y conclusiones. Así, se va desnudando una vida rutinaria que necesita respirar aire puro y rebelarse, transformarse...



De esa manera, se inicia el movimiento de la conciencia. Se despierta y sacude, salta y se construye, y continúa como un encadenamiento inconsciente, del que se va y se regresa permanentemente, en la búsqueda del despertar definitivo.

Cuando hace eclosión, las personas vigorosas utilizan esa clarividencia para iluminar el camino de la humanidad.

Los débiles se cargarán de angustias ante la magnitud del desafío.

La perseverancia puede llevar al restablecimiento de un nuevo equilibrio, a superar las razones planteadas en esa fase del conflicto o a la derrota que postergará el reinicio de ese casi natural ciclo humano.



Él.- Pero, la vida pone a prueba nuestros sueños todos los días. Los fracasos, las frustraciones nos llevan a no encontrar una salida a la soledad, al aislamiento, a esa aplastante rutina… Nos empuja a disciplinarnos, a obedecer y a olvidarnos de nuestros sueños...



Cada sueño que perdemos es como empezar a morir un poco...



Ella.- Comprender es ante todo unificar. Esa necesidad de unidad en el pensamiento es una búsqueda constante, es casi como un apetito insaciable de carácter absoluto, constituye un movimiento esencial del drama humano.

Vivir bajo este cielo asfixiante exige resolver la opción de salir o permanecer en él. Se trata de saber cómo se sale o por qué se permanece.



Un hombre está siempre preso de sus verdades. Una vez que las reconoce no puede apartarse más de ellas, salvo traicionándolas y, si consuma la traición, su pugna consigue un breve alivio, pero su vida esta irremisiblemente perdida.

Vivir una experiencia, un destino, es aceptarlo plenamente.

Todo está permitido..., todo lo que haga progresar al hombre…



Él.- He visitado los tugurios, me he encontrado con los desechos humanos que la sociedad, implacable, descarta.

He oído narrar sus pobres vidas. He concurrido a los bajos fondos y me he topado con la embriaguez y la adicción; con los traficantes de la muerte y de la vida.

Los seres atrapados en la marginalidad viven inmersos en la desesperación e imbuidos de su perversión por la falta de salidas, se hunden minuto a minuto en el fango generado por la putrefacción de la sociedad.

Contemplarlos es sentir el fracaso del proyecto humano.



Los que pretendemos un mundo mejor, sentimos más agudamente la desgracia ajena, aunque nuestro dolor no tenga la misma causa.

El sentimiento no se dispersa, se reconcentra.



Ella.- Un escritor recordó que una vez un científico consultó al jefe de una tribu de Bengala Oriental sobre el sufrimiento más acuciante de su gente. Su comunidad sufría persecuciones, hambre y enfermedades. Pero el dirigente contestó simplemente que el mayor sufrimiento estaba producido por el frío.

Muchas necesidades urgentes, suelen ser incomprendidas por los que las sufren, es como un acostumbramiento a convivir con esas carencias.

La voz extraña de un forastero, tal vez, pueda alumbrar la mente de los que no quieren o no pueden ver lo que está a la vista.



Algunas veces, unos pocos individuos observan los padecimientos y sufren más que las propias víctimas. 

Así, la tristeza se va amasando con la ignorancia de millones y con la angustia e impotencia que produce esperar que la levadura complete su faena...

Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la acción. Eso se llama madurar y provoca que algunos seres se propongan saltar desde la prehistoria hacia el futuro y contagiar a sus camaradas el gusto y el desafío de emprender ese salto.

El hombre y la mujer son su propio fin… su único fin.



Si quieren ser algo tiene que serlo en esta vida, no tendrán  otra oportunidad.

Yo no dejo de predicarlo a quien quiera escucharme.  





Él.- Los hombres primitivos eran pobres criaturas que se escondían en las cavernas.


La naturaleza no los había dotado de fuerza ni velocidad; ni  siquiera de  garras, caparazón, cuernos o colmillos. Pero supieron asociarse contra sus poderosos depredadores y vencerlos.

Las fieras no tenían más instinto que la rivalidad. Aun con la primitiva inteligencia humana, descubrieron que juntándose y cooperando eran capaces de doblegar a la fuerza irracional.



¡Siempre la asociación es más fuerte que la individualidad y más eficaz que la rivalidad!



Sin embargo, la humanidad se hunde más y más en el marasmo de la competencia. No surge la asociación cooperativa superadora…



¿Estaremos condenados a retroceder a la barbarie, a volver al punto de partida?



Ella.- Nadie es condenado en la víspera de la sentencia.



Desde los primeros pasos de la humanidad, ante cada avance o cataclismo, surgieron voces que alertaron sobre supuestas involuciones.

El avance nunca fue lineal y el temor al devenir siempre existió.

Lo que sucede es que el futuro es imperfecto…



(Saca un papel del bolsillo de su pollera y se lo entrega):



Él.- (Mira con ansiedad la hoja y comienza a leer el texto en voz alta)



“De poco sirve arroparlo

y menos colgarle collares y pronósticos

brindarle metrallas de manga larga

calzarle prejuicios de siete leguas



De poquísimo sirve ponerle

profaces o antifaces,

o un delantal de música,

menos aún la consabida

bufanda del viento



El futuro es un niño desnudo

y, en consecuencia, ufano, imprevisible,

cuando menos lo esperas

te coloca una rosa en la oreja

o te orina inocente la calva”.



(Se saca la gorra y se pasa la mano sobre su calva. Se queda pensativo, en silencio. Hasta que se anima a continuar con sus reflexiones)



En mi continuo andar, estuve también en contacto con la alta sociedad y con los que ocupan posiciones de poder.

Me sorprendió que la abundancia de bienes materiales sea acompañada por un inmenso egoísmo y por una llamativa ausencia de vitalidad intelectual.



Los estudiados protocolos y buenos modales que aparentan poseer los poderosos, dejan paso sin transiciones a las reacciones más brutales cuando ven amenazadas sus propiedades, sin que les importe el precio en vidas o los daños materiales que puedan ocasionar. 

Cualquier riesgo que corran sus pertenencias o el afán obsesivo por aumentarlas  ponen en marcha instantáneamente sus más bajos instintos, una rara mezcla de furia animal con perversión humana...



Ella.- El hombre está en pugna consigo mismo, busca recuperar su unidad. En  esos vericuetos de la historia, se encuentran todas las gamas inimaginables de personalidades, depravaciones y perversiones…



Él.- Los hombres poderosos buscan siempre justificar la miseria y el hambre que se derivan de sus actos.

Detrás de la evidencia del  mal realizado, surge el supuesto efecto beneficioso del status quo, de que las cosas sigan como están.

Se arrogan el derecho de repartir el pan sólo a los que puedan tomarlo.

Han resucitado la concepción del derecho divino de los monarcas medievales, bajo el manto de la incuestionable y sagrada propiedad privada.

Sin embargo, sólo saben ensayar justificaciones, destruir rivales y acaparar bienes.

Fuera de esas miserables habilidades, parecen estúpidos…

Nada saben de la ciencia, de la filosofía y de la vida...

Sus neuronas sólo están centradas en el minúsculo espacio de la rivalidad y la acumulación…



Ella.- La escasez genera incertidumbre, pero, el que puede acumular piensa que está garantizando su futuro. Algunos se obsesionan con esa meta...



Este mundo es hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne. Toda esta variedad de la fauna humana tiene su origen y continuidad en la puja animal por la presa, que aún conserva en su esencia el ser humano. Los poderosos tienen su autoestima muy alta y en su mirada siempre está presente el cazador, que busca acorralar a los que se erigen en su camino, a los que pueden significar un obstáculo para sus conquistas, para el aumento de su poder o la satisfacción de sus deseos más perversos..



Él.- (Gritando) ¡Basta! Ya me hartó! ¿Cómo puede encontrar esas explicaciones basadas en los instintos, al margen del raciocinio y la cooperación?



¡Esto es una masturbación intelectual, un juego de razonamientos e historias que no conducen a ningún lado!

En lugar de brindar las respuestas buscadas usted gira siempre sobre lo mismo...

Me confunde, me desalienta, me agota...



Pensar que tenía tantas esperanzas en este encuentro...

Pero veo que todo me sigue resultando confuso y mortificante…



(Observa que una hoja quedó en el suelo, luego de que la mujer sacó de su bolsillo el papel que le había entregado un rato antes. Ella está abstraída en su caldero, mientras vuelve a tararear su canción. Él aprovecha para tomar la hoja y leerla en voz alta)



“La sed insaciada del maldito Edén arrasa las raíces profundas de la vida.

Cuando en mi copa de miel hayan apurado todos los rayos de su arco iris, el eterno reposo de una noche sinfín no alcanzará para agotar mi sueño”.



Ella (Observándolo, le habla con tono componedor y comprensivo).- No renuncies a los tuyos, si existe alguna esperanza para el hombre está allí, en los sueños que logres generar y en la perseverancia que tengas para hacerlos realidad.



Ahora ven, acércate, las palabras, tus conflictos han alimentado mi sensibilidad...

Siento  necesidad de abrazarte, acariciarte y reconfortarte...

Tú búsqueda es mi propia búsqueda, podemos hacerla juntos.

Aplaca tu ira, tengo necesidad de expulsar tus angustias, de calmarte… de acunarte...



Él.- No es momento para la seducción.

¡El acercamiento depende del momento, de la convergencia azarosa de cada instante de la vida!

El tiempo justo y la oportunidad son condicionantes de hierro. Sólo los que logran coincidir en sus búsquedas, ideales, deseos y sentimientos pueden consumar el amor. Pero esas variables son tan cambiantes, tan volátiles, que no es fácil lograr esa comunión.



Mis interrogantes me han alejado de los placeres, el drama humano me hunde en la más profunda desesperación y no puedo apartarlo de mi mente...



Ella.- Has andado muchos caminos, dices que estuviste sólo y otras veces acompañado.

Esa acción que emprendes cada día,  es determinante en la historia humana. Cuando el primate se erigió, su visión del mundo comenzó a modificarse. Cuando  sus patas fueron dos brazos y dos piernas, y sus brazos se liberaron, todo cambió.

Los brazos fueron el complemento ideal para experimentar y desarrollar razonamientos, para practicar y desechar.



(Se acerca lentamente al hombre, lo mira fijamente a los ojos y, con una voz seductora, le habla pausadamente) 



 Y habiéndose erguido, la mujer y el hombre descubrieron que se pueden hacer el amor cara a cara, boca a boca…

Y conocieron la alegría de mirarse a los ojos durante el abrazo de sus brazos y el nudo de sus piernas.

De ese instante sublime, nadie puede abstenerse.



Él.- Pero el hombre ha inventado miles de condicionantes y ha distorsionado esos placeres. Fíjese que cada pueblo, cada individuo incorpora sus propios caminos al placer.

En la mayoría de los casos, desde el primer instante en que dos personas se conocen hasta el acto sexual se dan innumerables pasos; pero la secuencia de ellos es distinta en cada cultura. Y se generan conflictos y malos entendidos cuando no se alcanzan esas coincidencias.



Cuentan que los soldados norteamericanos que se instalaron en Gran Bretaña, durante la Segunda Guerra Mundial, en sus encuentros amorosos con las británicas se les presentaban conflictos culturales.

Los norteamericanos  llegaban al beso en una etapa relativamente temprana del escarceo amoroso y minimizaban su importancia. Este mismo acto era considerado en Inglaterra como abiertamente erótico y, en consecuencia, no se consumaba sino mucho más próximo al contacto sexual.

El beso en los labios resultaba intrascendente para unos y comprometido para las otras. De esa simple desavenencia cultural surgía la incomprensión, la vergüenza, discusiones, proximidades y distancias.



Fíjese como se ha complejizado todo, son como obstáculos que el hombre ha creado para no alcanzar su propio goce. ¿No resulta absurdo?



(Habiéndose alejado mientras el hombre hablaba, recupera su posición inicial frente al caldero)



Ella.- Son caminos distintos para alcanzar el mismo fin. En todos los órdenes de la vida, en cualquier momento de la historia, en todas las sociedades se construyen y se desechan continuamente hábitos, costumbres, restricciones, penalidades...

Pero la esencia humana es la misma. En nuestro camino, podemos toparnos con montañas, tendremos que decidir rodearlas, treparlas o quedarnos a vivir allí; en cualquiera de los casos, decidimos que ha dejado de ser un obstáculo.



Él.- No obstante, el hombre siempre está inventando nuevos impedimentos para alcanzar una sociedad más racional, solidaria y cooperativa.

(Va elevando el tono de su voz)

Para tratarnos unos a otros como hermanos. De una vez por todas ser francos, sinceros, no ocultar nuestros sentimientos…

¿Cuántas veces hemos callado, sin expresar lo que sentimos?

¿Cuántas veces el silencio nos llevó a la angustia y a la desesperación? 

¿Por qué no decir sin rodeos lo que se tiene en el corazón, cuando uno presiente que su palabra no se la llevará el viento?



Es como si cada cual temiera violentar sus sentimientos si los expresa libremente…



Ella.- Son simplemente anécdotas, pequeños e insignificantes instantes en la larga historia que vienen  construyendo hombres y mujeres.

La búsqueda, los sueños, la vida, permitirá encontrar la justa medida de las cosas. En esa constante batalla por probar y desechar, por soñar y realizar, en esos simples y cotidianos hechos de la vida está encerrado el secreto de la realización humana.

Muchas veces, los caminos imaginados y reales se confunden.



Como dijo Segismundo:



“Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y pobreza;

sueña el que a medrar empieza,

sueña el que afana y pretende,

sueña el que agravia y ofende,

y en el mundo, en conclusión,

todos sueñan lo que son,

aunque ninguno lo entiende”.





Él.- Los mismos hombres son esclavos de ciertas fórmulas que atentan contra la realización de sus sueños.

Tan confundidos están que una palabra o una frase hecha, un simple lugar común, que alguien interesadamente pronuncia para descalificar una idea, es repetido por otros como una letanía, sin dedicarle el más mínimo razonamiento. Sin preguntarse el sentido de la afrenta.

Un simple e irracional adjetivo es capaz de arrojar a los trastos viejos una conclusión científica, desechar investigaciones, proyectos y pensamientos beneficiosos para la humanidad. ¡Hay tantas descalificaciones mal habidas!



Los que pretendemos los cambios que beneficien al conjunto de la humanidad somos los más estigmatizados…



Ella.- ¡Soñador! 



Él.- ¡Delirante!



Ella.- ¡Fantasioso!



Él.- ¡Insensato!  



Ella.- ¡Nostálgico!



Él.- ¡Subversivo!



Ella.- ¡Utópico!



Él.- Utópico... Basta pronunciar esa sola palabra para condenar al ostracismo las intenciones mejor concebidas, para ridiculizar los esfuerzos de la razón humana en pos de  mejorar la vida, la sociedad, el futuro... A pesar de que la mayoría de los seres humanos vive disgustado con esta sociedad, prefieren conservar su pequeño hatillo antes que tomar en cuenta una propuesta innovadora.



Ella.- En el largo camino transitado por la humanidad, las descalificaciones fueron una constante, porque es la vía más corta para defender el status quo.



Hubo sociedades que pagaron un precio muy alto por no haberse despojado a tiempo de ese lastre. Pero los caminos de la vida rara vez son una línea recta trazada en una llanura, con una temperatura agradable y un cielo límpido. Las inclemencias son la aventura de la vida misma.



El.- ¡Una sociedad que jamás salvó y protegió a los hombres preocupados por una vida mejor, es un sistema social que no merece ser defendido!

(Vuelve a elevar el tono de su voz)

Cuando el hombre dedica cada vez más tiempo a cubrir sus necesidades primarias, esa sociedad que lo cobija no tiene futuro, porque está embruteciendo a sus miembros.

Cuando las expresiones honestas y creativas, solidarias y lúcidas son estigmatizadas, están preanunciando las convulsiones... 

Esa sociedad está buscando desesperadamente una partera que permita alumbrar una nueva forma asociativa.



Ella:-Lo no nacido no se ve, es difícil de explicar, no se entiende.

Se siente, se palpa cuando se mueve y, en ese momento, es posible que se convierta en un sueño colectivo...





Él.- (Se queda pensando en silencio, hasta que, unos segundos después, reinicia su discurso)

He andado por tantas geografías... He probado tantos sabores distintos, pero siempre me aferré a los que me acunaron. Fue como intentar conservar para siempre aquellos gratos momentos de mates, sopas y asados.

En cada regreso, traía mis alforjas llenas de deseos de reencuentros, quería recrear reuniones, abrazar amigos, besar compañeros y compañeras...

Pero ellos ya no eran los mismos, tampoco estaban todos, sólo podía estrechar las manos de unos pocos...

Ya no podía divisar en ellos a aquellos que estaban en mis recuerdos de ostracismo. Pero, seguía tejiendo mis fantasías de recuperar esas imágenes del pasado.

Cuando estuve lejos añoraba. Pero mis angustias aumentaron al regresar.

Al recorrer mi tierra, parecía que las metas trazadas por dictadores militares o civiles, extranjeros o nativos, habían sido alcanzadas.

¡Qué los modernos virreyes  habían logrado hacer olvidar a Fuenteovejuna!



Es como si nos hubieran puesto a prueba, como en un examen rendido donde dejamos evidenciadas fragilidades y carencias. Y nos replegarnos, para vivir amurallados en nuestra propia cueva, desinteresados por el prójimo, con la insolidaridad de una fiera herida...

(Enfervorizado)

¡Pero, es hora de reconocer que el aislamiento en nuestros reductos no es libertad, es sólo una quimera!



La bronca humilde se recrea sembrando esperanzas por calles, rutas y plazas. Con la persistencia y la vehemencia del que se siente justo y pretende romper las barreras de la indignidad.



Los poderosos tampoco pueden doblegar a las nuevas camadas, sus sueños y rebeldías siguen en pie,  pero se encuentran con un mundo escaso de maestros vivos...

Cuentan con los bolsillos llenos de fantasías y locuras, con sus mochilas cargadas de alegrías contagiosas, paridas junto al tierno deseo de cuerpos, manos y labios…



Nos hicimos en tragedias y frustraciones, maduramos con nostalgias por los que no sabemos donde están, sobrevivimos y nos endurecimos...



Y aquí estamos, amando y odiando, intentando encontrar esa pequeña luz que augure nuevos días despejados y noches estrelladas.

Soñando que se puede volver a soñar con nuestros sueños.

Con volver a saborear la camaradería compartida en mates y asados.

Con el vino mojando nuestros labios de embriagantes atardeceres, augurando felices mañanas. 



De recordar cómo se veía desde el umbral de nuestra casa. De volver a sentir la curiosidad, el desafío de explorar la desconocida y lejana vereda de enfrente, de superar el temor de alcanzar la otra calle y llegar al otro barrio, al otro país.



Somos como Sísifos modernos que persistimos en el intento, sin vislumbrar que la faena pueda ser pronto terminada…



Ella.- Justamente, Sísifo es un héroe absurdo. Su desprecio por los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron un suplicio indecible en el que todo el ser se dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones en esta tierra…



Él.- Sí, ese mito es trágico porque su protagonista tiene conciencia. El obrero trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Y también se convierte en trágico en los momentos que se hace consciente…



Ella.- Sísifo es como un proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la magnitud de su condición miserable, en ella piensa en cada descenso y puede consolarse sacando la conclusión de que no hay destino que el desprecio no pueda vencer…



Él.- Pero, su rebeldía no alcanza para cambiar un orden absurdo y ese es su límite…

  (Comienza a escucharse un murmullo que va creciendo hasta alcanzar el bullicio. Se perciben sonidos de bombos y la cadencia de consignas pronunciadas con energía rítmica por manifestantes callejeros)



¿Qué es eso? ¿El clamor de la calle? (Mientras mira a lo lejos y se mueve ansioso)

Son los pobres e indignados que perdieron el miedo, que se hartaron de los engaños de los publicistas y opinadores mediáticos…



Cuando el grito de la calle se siente, se terminan las dudas…

Allí debo estar…

Discúlpeme por haberme aprovechado de su paciencia…



Allá voy con los míos. Es allí, no en despachos u oficinas, donde se resolverá el destino humano.

Todas mis esperanzas irrumpen en las calles y cuando oigo el maravilloso clamor del pueblo mis sueños empiezan a encarnarse y siento que allí debo estar…



(y se marcha corriendo, tratando de descubrir el origen del grito popular, sin esperar una respuesta).



Ella (gritando).- Espere, escuche…



La verdad se encuentra en la acción. No hay otra forma de hacer realidad nuestros sueños que llevándolos a la práctica. No hay manera de ser coherente con nuestras aspiraciones que luchando por ellas, asociándonos, mancomunando voluntades… Así,  el camino se despeja y nos acercamos al horizonte, para poder amasar nuestras utopías. 



Olvidar es una forma de mentir y está bien abrir por fin cada ventana…



(comienza a escucharse  “Candombe para olvidar” de Ismael Serrano)