jueves, 1 de agosto de 2019

RELATOS TRASNOCHADOS



Veinte horas de una cita fallida
Eran los primeros días de enero. Viajar a Mar del Plata tenía, todavía, la aureola de una inmersión en un mundo feliz, que permitía dejar de lado el estrés y el vértigo de la gran ciudad. El autobús estaba repleto de turistas dicharacheros, ruidosos, bromistas, que pretendían desconectarse del breve espacio que habían abandonado temporalmente.
Era la contracara de las angustias que miles de personas estaban viviendo como víctimas del terror que imperaba en las barriadas obreras, universidades y en todo lugar donde se desplegara alguna voluntad de progreso social, un pensamiento crítico o una vocación solidaria. 
Sentía la extraña sensación de estar fuera de la órbita en torno a la cual giraba el resto del pasaje. Trataba de aprovechar el viaje para repasar todos los datos que me habían suministrado y las recomendaciones sobre las precauciones que debía tener. Pensaba sobre mi futura inserción en la ciudad y la particularidad de vivir en un lugar con tanto esplendor.
Al arribar a la terminal, la mayoría de mis colegas de viaje se dispersaron rápidamente. Yo no tenía urgencias, debía buscar un hospedaje y hacer tiempo hasta las primeras horas de la tarde, cuando, según las instrucciones que me habían dado, podía tomar contacto con alguno de los compañeros cuyos teléfonos me había suministrado la dirección.
La “Ciudad Feliz” desplegaba su grandiosidad, generaba una pintura de normalidad en un país donde todo se complotaba para hacer penosa la vida. Los veraneantes marchaban presurosos hacia las playas, otros se aprestaban a desayunar con la displicencia del que logra temporalmente liberarse de horarios y urgencias. Era como una enorme máscara que ocultaba los dramas que, seguramente, a unos pocos metros de los circuitos turísticos se visualizarían con toda crudeza.
Logré ubicarme en un hospedaje de la calle Belgrano, no estaba lejos de la playa. Eso permitía diluirme entre los contingentes turísticos y evitar llamar la atención de los ‘servis’ que pululaban por la ciudad con el fin de detectar sospechosos.
Cuando llegó la hora, comencé a marcar los números anotados en un minúsculo papel. Tenía un orden de prioridades. Comencé por Alberto, pero no me atendió. Luego, llamé a Juan, suponía que por contar con una familia numerosa iba a obtener una pronta respuesta, pero tampoco tuve suerte. Luego intenté con Mario y Julio, sin que me respondieran. Así, continué llamando infructuosamente cada media hora.
La tarde estaba en plenitud y yo agotado de buscar teléfonos públicos en distintas zonas para evitar que detectaran el origen de las llamadas. Comencé a marcar los números de Ana María y Palmira, pero en sus casas tampoco me contestaron. Llamé entonces a las clínicas donde trabajaban y, en ambos casos, la respuesta fue que ese día no habían asistido a trabajar.
A la alarma por la imposibilidad de comunicarme con los compañeros, se sumaba ahora el sugestivo dato aportado por las únicas respuestas obtenidas. No tenía con quien compartir tanta incertidumbre. Decidí parar un poco, calmar mi ansiedad y caminar por la costanera, intentando reflexionar y evaluar la situación. Tratando de encontrar alguna respuesta ante tantos interrogantes.
Cuando comenzó a caer la tarde me propuse hacer un último intento. Iba a llamar desde de un teléfono público distante de los que había utilizado anteriormente. Llegué hasta la zona portuaria y comencé a marcar nuevamente los números. Pero, otra vez, la única respuesta fue el silencio.
Inmerso en ese atribulado estado de ánimo, decidí que debía emprender el regreso lo antes posible. Fui hasta la terminal a comprar un pasaje para el primer ómnibus de la mañana siguiente. No quería abandonar el hospedaje sin haber pernoctado, porque podría despertar sospechas y entrar en la mira de los ‘servis‘.
Cuando emprendí el regreso al hotel, el desconcierto me azotaba sin compasión. No encontraba una explicación razonable ante lo que había sucedido. Cada ulular de una sirena me producía un estremecimiento que ponía en tensión todos mis reflejos. Cada Ford Falcon o patrullero que pasaba constituía una advertencia y mis sentidos se concentraban en poder determinar si habían frenado, si escuchaba un portazo o una posible voz de alto.
Semejante desgaste anímico me había hecho perder el apetito. Me introduje en mi habitación para descansar, pero la mente no podía detenerse en medio de tantas angustias. Las horas se hicieron interminables. No pude dormir. Me levantaba y caminaba en torno a la cama. Repasaba lo ocurrido y barajaba las posibles hipótesis, pero todas las presunciones desembocaban en la certeza de una nueva tragedia.
A la madrugada me dispuse a abandonar el hotel. Pagué la cuenta, tratando de conservar serenidad. Al salir a la calle, cualquier figura despertaba sospechas, la oscuridad dibujaba con sombras y penumbras formas acechantes. Al llegar a la terminal, esas sensaciones no cambiaron a pesar de la iluminación de la estación. Mi mente ya tenía síntomas de un agotamiento absoluto.
Al subir al autobús sentí una cuota de calma, como si esa burbuja rodante me estuviera garantizando la ansiada seguridad. Pero, a poco de andar, el viaje fue una continuidad de las vicisitudes del día, con esa rara sensación de haber esquivado un manotazo de la garra represiva que los compañeros no pudieron.
En algún lugar de una mente atribulada, la percepción empieza a construir un refugio y esa ficción genera una dosis de fantasía que resulta imprescindible para  mantener la cordura. Barajé la posibilidad de que hayan podido abandonar a tiempo sus casas y trabajos, quizás, algún llamado providencial los habría alertado antes del operativo. Tal vez, pudieron escapar y encontrar un refugio. Era la esperanza a la que mi mente intentaba aferrarse ante tanto desconsuelo.
Al llegar a Constitución, intenté tomar contacto con un compañero de la dirección. Los filtros con los que transcurrían nuestros vínculos en esos años, no permitían una conexión rápida. Recién a los dos días, pude encontrarme con Armando, quien terminó por confirmarme todos mis vaticinios: “Hiciste muy bien en volver rápido. Secuestraron a nueve compañeros, justo cuando vos los estabas buscando”.
Las fuerzas represivas habían arrebatado de sus casas a Ángel Alberto Prado, Juan Antonio y Mario Germán Rodríguez, Ana María Romoli, Mario Antonio Sasso, Norma Alicia Schiappani, Palmira Ruiz, Donaldo Molina Cornejo y Julio Manza Martire, que se sumaron a los otros dieciocho militantes marplatenses del Partido Socialista de los Trabajadores que permanecen desaparecidos y al crimen de Ana María Martínez. Aunque no tuve la oportunidad de conocerlos, salvo al chileno Juan Rodríguez, las sensaciones vividas en esas pocas horas, tan cerca de la tragedia, me acompañaron por muchos años. Imaginándome sus rostros, sus voces, sus penurias y el destino de sus jóvenes cuerpos.
Pocos imaginan que Mar del Plata fue una de las ciudades más castigadas por la represión. Quizás en el fondo del mar cercano o bajo las arenas de sus concurridas playas se encuentren los restos de muchos jóvenes que la barbarie desechó junto con sus esperanzas, sueños y utopías. En la paradójica “Ciudad Feliz” actuó una conjunción inédita, una perversa maquinaria integrada por civiles y militares que fueron los dueños de las vidas y consumaron una de las páginas más trágicas del genocidio.
Dicen que el tiempo se percibe como una consecuencia de los acontecimientos vividos. Ese día que viví en Mar del Plata lo recuerdo sumergido en un vértigo demoledor, donde todo sucedió a un ritmo infernal. En esas pocas horas, todas las expectativas de mis veintitantos años fueron mutando sucesivamente en incertidumbre, desconcierto y desasosiego. Pero, con el paso del tiempo, todas esas vicisitudes que se agolpaban en mi mente, cada vez que las recordaba, me parecía imposible que pudieran haber ocurrido en tan sólo veinte horas.







Los últimos selk´nam
Ese día me había sumado al grupo de amigos que habían organizado una excursión a la bahía Torito, en el extremo oeste del lago Fagnano, cercano a la frontera chilena. La idea era aprovechar el fin de semana largo para alejarnos del mundanal ruido y dejarnos seducir por el ancestral contacto con una naturaleza prístina.
Casi todos eran pescadores deportivos, que tenían esa pasión especial por bordear orillas de ríos y lagos fueguinos buscando pozones donde las truchas encuentran su refugio, para lanzar su anzuelo camuflado con imitaciones de insectos elaborados artesanalmente. A mí no me interesaba tanto el hobbie, me gustaba acompañarlos, compartir la pasión y disfrutar observando su devoción por el pique y el combate que se libraba una vez que el pez mordía el anzuelo. Toda la tensión del cuerpo del pescador se concentraba en sus brazos, pero la mente y el cuerpo se disponían a una batalla siempre de final incierto: el momento cumbre de la confrontación con el animal, que, si culminaba exitosamente, sólo ofrecía un instante de gloria para la captura fotográfica, antes de devolver el pez a su medio.
Por la mañana, nos levantamos temprano con el objetivo de dirigirnos hacia una bahía cercana, en la que alguna vez uno de mis amigos había detectado un sitio ideal para la pesca y ahora quería compartir su hallazgo conservado como un secreto profesional.
Los cinco emprendimos la expedición con gran entusiasmo y alegría. El clima agradable y el sol a pleno  eran una invitación a la inmersión en esa naturaleza salvaje que cautivaba.
A lo lejos, la “esfinge del  Indio”, ese rostro recostado que parecía tallado sobre la cresta de una montaña, era una especie de Cruz del Sur para identificar el camino que se debía seguir para llegar a la meta.  No se podía bordear el lago por las rocas amontonadas en la orilla, obra de algún movimiento sísmico, así que nos dispusimos a una larga caminata para sortear el obstáculo.
Al introducirnos en el bosque todos los sonidos externos desaparecieron, como si hubiéramos ingresado a una burbuja vegetal que sólo permitía oír algún aleteo de un pájaro, el crujido de una rama, la presión sobre el manto vegetal de nuestros pasos o el viento agitando la copa de los árboles.
Luego de una marcha en ascenso de una hora, desembocamos en una pendiente de casi 45 grados, que debimos encarar con cuidado para evitar una riesgosa caída en el turboso camino.  A medida que descendíamos se hacía más sonora la presencia del oleaje sobre la costa del Fagnano, hasta que luego de un matorral de calafates llegamos a una breve playa. Gustavo, quien nos estaba guiando, nos señaló en el horizonte próximo una bahía que era el destino deseado.
Mientras nos acercábamos, comenzaba a divisarse un valle que se abría paso entre las montañas, algunos manchones de árboles rompían la predominancia de un campo alfombrado de flores amarillas.
Cuando el sol se acercaba al cenit, ya estábamos alcanzando el ansiado objetivo. Mientras mis compañeros se aprestaban para su jornada de pesca, yo me dediqué a preparar el mate para tonificar la faena.  Se vistieron con sus waders y botas de neopreno para introducirse en las frías aguas del lago. Cuando estuvieron listos, comenzaron con sus esperanzados lanzamientos. Carlos, el más veterano, fue el primero en lograr un pique. Pero su faena no fue tan resistida por el pez, que al saltar desesperado sobre la superficie del lago mostró toda la belleza de una trucha arco iris de unos dos kilos de peso. Sólo fue el aperitivo del objetivo buscado.
Mientras mis compañeros se iban distanciando concentrados en el punto donde la tanza se clava en el agua, comencé a recorrer el paisaje con la mirada. En el fondo del valle algo llamó mi atención, era un delgado hilo de humo que se filtraba por el follaje. Lo primero que pensé fue sobre el riesgo de un incendio y la catástrofe ambiental que se podía generar. Le avisé a Carlos que iba a caminar alejándome de la costa y me dirigí de inmediato en esa dirección.
Con cada paso que daba iba barajando las distintas opciones, desde las más lógicas hasta las más fantásticas. Una de las ideas que me vino a la mente fue esa vieja ilusión de poder encontrarme con algún sobreviviente selk´nam, que para preservarse había tenido que internarse en la espesura de los bosques más recónditos de Tierra del Fuego, donde el hombre blanco todavía no llega. Allí, le resultaba posible subsistir recurriendo a sus hábitos milenarios.
Esa fantasía siempre reaparecía y fomentaba mis especulaciones. En la geografía de la isla, con lugares todavía inalcanzables para el ocupante occidental, deberían existir sitios ideales para conservar a un grupo humano aislado del mundo. Imaginé que alguna familia selk´nam pudo haber tenido la lucidez de advertir a tiempo la perversidad del hombre blanco y del inútil combate con sus armas de fuego. De haber descubierto su intolerancia, su avidez inescrupulosa de riquezas y su incomprensión de cualquier razonamiento por fuera del eurocentrismo.
Que algún nativo haya podido percatarse que el sutil discurso de los hombres de sotana llevaba consigo el aniquilamiento de su cultura ancestral y deducir que las continuas epidemias que exterminaban a su pueblo tenía un denominador común: el contacto con los forasteros.
Claro, que haber sacado semejantes conclusiones, en ese contexto propuesto por los invasores, exigía un grado de comprensión que desbordaba las posibilidades de razonamiento de cualquier ser humano.  Por esa razón, siempre tenía un rapto de lucidez en mis pensamientos que me hacían emerger a la realidad y desechar esa eventualidad.
Pero, reincidía e imaginaba conservar el secreto con los sobrevivientes, llevar a cabo una entrevista cumbre en mi carrera y poder difundir al mundo el testimonio. Sólo se trataba de una elucubración intelectual, al poco de deambular por los meandros de mis pensamientos, llegaba a la conclusión que mi éxito profesional iba a significar la catástrofe para ese grupo superviviente y que, con seguridad, hubiera optado por preservarlo antes que laurear mi currículum de periodista. 
Era como una idea recurrente que reaparecía en el momento menos pensado. Sobre todo, cuando recorría los sitios más apartados de los caminos y rutas, de los poblados y cascos de estancia, cuando la inmensidad vegetal y la espesura de los bosques se aprovechaban de la profundidad de los valles andinos para crecer desmesuradamente, cuando comprobaba las enormes extensiones de territorio donde habían podido prosperar bovinos, equinos y canes cimarrones alejados de la presencia del poblador fueguino; regresaba entonces esa eterna, inquietante y desafiante pregunta ¿y por qué no?
Avancé por esa breve planicie hasta toparme con el comienzo del bosque, me introduje en la espesura teniendo presente que el humo tendría su origen en un claro de la arboleda. Las lengas y coihues habían prosperado con total frenesí y la dificultad de la caminata iba creciendo.
En medio del silencio de esa burbuja vegetal, escuché el murmullo de un chorrillo que corría no muy lejos de ahí. Llegué a una barranca, en cuyo fondo un torrentoso arroyo irrumpía haciendo camino al andar.
Pude ver el humo detrás del matorral que comenzaba en la otra orilla. Fue tan grande el ímpetu que ni siquiera pensé en las dificultades que opondría la geografía a mi regreso y seguí avanzando.
Ya llevaba más de una hora de caminata, pero la ansiedad por lograr dilucidar el origen del fogón era más fuerte que cualquier razonamiento preventivo.
Tuve que encontrar un sendero para poder descender por el rocoso acantilado. Superadas las dificultades, llegué al borde del arroyo. Me pareció que no debía ser muy profundo, que lo más problemático para cruzarlo sería resistir la correntada. Recordé un relato de Lucas Bridges sobre el aprovechamiento de la técnica selk´nam para cruzar un curso de agua y me dispuse a reeditar esa experiencia.
Me desnudé, hice un atado con mis borceguíes y vestimenta, los até a mi mochila, elegí una rama de unos dos metros para tantear la profundidad y clavarla en el fondo para resistir la corriente, y di los primeros pasos en el agua. Lo más difícil fue soportar el agua helada al alcanzar mi cintura, pero seguí con el consuelo de que al llegar a la otra orilla iba a poder secarme y vestirme nuevamente.
La travesía no ofreció mayores dificultades, al pisar la playita sentí el calor del aire en un espacio protegido del bosque y a pleno sol. Me sequé muy rápido y me enfundé en mi ropa para seguir adelante.
Tuve que introducirme nuevamente en el espacio boscoso y tratar de evitar hacer ruido. Con sigilo avancé en medio del matorral por un camino en ascenso. Hasta llegar a una elevación que emergía del techo arbóreo. Fue cuando los vi. Por la sorpresa ante la profecía autocumplida quedé paralizado, no sabía qué hacer.
Abajo, a unos cincuenta metros de distancia, en torno a un fogón estaban ellos, los imaginados selk´nam, una familia que estaba preparando su comida en un fogón. Un hombre alto, de buena musculatura, de entre treinta y cuarenta años, vestido con un pantalón andrajoso y una capa de guanaco, estaba asando el cuarto trasero de un animal que podría ser oveja o guanaco. La mujer, alta y robusta, dejaba expuestos sus hombros de la vestimenta que le ofrecía un cuero entero de guanaco, estaba reparando una cesta cargada de calafates. A unos veinte metros, dos niños, de unos doce y ocho años, luchaban risueños entre los pastizales.  
¿Qué hacer? ¿Cómo reaccionarían ante mi presencia? ¿Si pudiera dialogar con ellos qué les diría? En medio de mis elucubraciones, moví una piedra y cayó por la pendiente. El ruido alertó a mis observados, el hombre enseguida alertó a los suyos con un silbido. Su cuerpo se tensó y su mirada comenzó a escrutar las elevaciones. Fue cuando sus ojos se clavaron en los míos y todo el pánico del mundo se reflejó en su rostro, sus manos atinaron a tomar el arco y las flechas, y se preparó para defenderse de cualquier ataque. Fue un instante que pareció durar un siglo.
En ese momento comprendí que lo mejor que podía hacer era retirarme lo más pronto posible y dejar a los supervivientes del genocidio en paz.
Me marché rápidamente, recorrí el camino de regreso en mucho menos tiempo. No dejaba de pensar en mi hallazgo, una mezcla de temor y culpa me agobiaba. ¿Cómo sería ahora la vida de los selk´nam al saber que los habían descubierto? ¿Qué les iba a decir a mis compañeros?
Al cabo de una hora estaba de vuelta en la orilla del Fagnano, reencontrándome con Gustavo que continuaba arrojando la línea con el mismo entusiasmo de la primera hora.
-         ¿Para dónde fuiste? ¿Ya estábamos empezando a preocuparnos por vos?
-         Todo bien, salí a recorrer el campo hasta que me aburrí y volví. ¿Cómo anduvo la pesca?










Tribulaciones en el cerro Küme Huenu

Llegaron puntualmente a la cita, con una singular parsimonia el lonco Guaiquil Curiñanco, el inal lonco Antul Nahuelquir y el capitanejo Catrileo Millalonco ingresaron a la sala de reuniones. Su vestimenta no denotaba ninguna jerarquía, era la ropa de trabajo de un peón: bombachas de campo, camisas de brin, chalecos de lana de oveja cruda y sombreros de alas angostas que mostraban tanto los rigores del clima como su prolongado uso.
Luego de un frío saludo, los recién llegados se sentaron alrededor de la mesa frente a la plana mayor de la empresa.
El abogado Eustaquio Soler asumió la conducción de la reunión. Presentó a los norteamericanos, les explicó el proyecto y los fallos judiciales que no dejaban opciones a los indígenas: “A pesar de todo lo que tenemos a nuestro favor para comenzar las obras, sabiendo del significado que tiene para ustedes el lugar, el señor John Doyle propuso esta reunión y decidió esperar para intentar alcanzar una solución negociada. La propuesta que les hacemos es cederles un terreno en compensación, donde podrán construir sus casas. Les facilitaremos todos los medios de transporte que pidan y les daremos títulos de propiedad por esas nuevas tierras”.
Curiñanco tendría unos cuarenta años, era corpulento y de mediana estatura. En su rostro se destacaban sus ojos pardos, sus pómulos prominentes  y un escuálido bigote. Su pelo entrecano y ensortijado tenía aún las huellas del polvo del camino y del sombrero que conservaba entre sus manos.
Había escuchado imperturbable y con atención a Soler. Dejó pasar unos segundos hasta que comenzó a hablar:
- Hay muchas cosas que no comprendo de ustedes. Dicen entender lo que significa para nosotros el Küme Huenu, que es nuestro lugar sagrado, donde hacemos las ceremonias y están enterrados nuestros ancestros. Dicen que nos quieren respetar y están dispuestos a destrozar el lugar. ¡Vuelven a despreciarnos!  
Dicen que van a darnos títulos de propiedad por las nuevas tierras. Los mapuche no creemos en el hombre blanco, ni en sus papeles, leyes y jueces. Todo lo acomodan a su favor. Engañaron y despojaron de sus tierras a nuestros antepasados. No les importan nuestros derechos, nuestras creencias, la tierra, los bosques, nada... Si podrían emborracharnos como a nuestros abuelos, volverían a embaucarnos y hacernos firmar papeles contra nuestros intereses…
Si no pueden de esa forma, vienen con los jueces y sus palabras difíciles para decirnos que hemos perdido. Siempre perdemos… Si no es suficiente con sus abogados, jueces y políticos, traen a la policía o al ejército. Nos amenazan, nos maltratan y nos expulsan de nuestras tierras. A veces ni siquiera nos dejan un lugar donde vivir. ¿Les parece que podemos confiar en el hombre blanco?
Viven demostrando que no nos respetan, que no nos entienden ni hacen esfuerzos por entendernos. Sólo valen sus intereses y proyectos, y el dinero que disponen para comprar voluntades. Compran las tierras, los animales, los lagos, los ríos, las montañas, hasta a los mapuches quieren comprar... ¡La naturaleza no tiene precio! Es una gracia de los dioses y un regalo de nuestros ancestros para que podamos vivir y disfrutar de ella.  ¿Pueden comprenderlo ustedes…?

Las palabras del cacique fueron pronunciadas con lentitud, a media voz y con cierta cadencia musical, sin enfatizar ni elevar nunca el tono, no obstante, trasmitían energía. Su discurso fue tan contundente que descolocó a los defensores del proyecto.
John Doyle tomó la conducción de la reunión. Trató de explicarles que su intención era no dejar de negociar, que les haría la propuesta más favorable para que ambas partes puedan convivir en paz. Los mapuche escuchaban con respeto y atención.
El tono coloquial del discurso, finalmente, logró apaciguar los ánimos.
El encuentro terminó con la promesa indígena de trasmitir la propuesta a la comunidad, que sería la encargada de adoptar la decisión final.
La intervención de Curiñanco fue tan contundente que produjo confusión en la cúpula empresarial. Fueron a la reunión subestimando a los nativos. Creían que la propuesta, matizada de advertencias y amenazas, allanaría todas las resistencias. Sus hábitos mercantilistas chocaron con una concepción que desbarató sus esquemas.

La mañana siguiente se presentó cargada de borrasca. A pesar de ello, el estudio de arquitectura que tenía a su cargo el proyecto turístico se presentó a trazar las obras sobre el terreno. Los técnicos, enfundados en sus cascos y buzos térmicos, se instalaron al pie del cerro, en un pequeño claro protegido del viento, desplegaron los planos en un tablero y comenzaron con las tareas preliminares de la obra.
Para alcanzar la cumbre había que eliminar unas cuarenta hectáreas de bosque para construir caminos, el hotel, la estación de esquí y el teleférico.  El principal obstáculo seguía siendo la existencia de la aldea mapuche en el espacio elegido.

Un peón les acercó un mensaje de Curiñanco diciendo que los esperaba para darles una respuesta.
La delegación partió en un vehículo rumbo a la aldea mapuche, que estaba ubicada en un claro del bosque; allí, se erigían una docena de pequeñas casas hechas de troncos y chapas de cartón prensado. Al derredor pastaban unas veinte ovejas, dos vacas y unas gallinas.
Al traspasar una cerca de ramas y troncos, unas treinta personas, entre mujeres, hombres y niños, esperaban el arribo de los blancos. Todos en torno a un fogón, que servía de cocina y centro de reunión.
Delante estaba el cacique, quien invitó a los recién llegados a sentarse en unos troncos.
Curiñanco tomó la palabra:
- La comunidad se ha reunido y tomado una decisión. Hemos considerado la posibilidad de contar con un terreno propio, pero lo que más ha pesado es la defensa de este lugar; nosotros no podríamos seguir viviendo si nos fuéramos de aquí, donde nuestros antepasados vivieron y murieron, donde realizamos nuestras ceremonias junto a   hermanos de otras comunidades, ¿qué les diremos a ellos cuando nos visiten?
Como lonco de esta comunidad tengo que decirles que no queremos enfrentamientos pero tampoco queremos que nos despojen de nuestra identidad... Sabemos también del poder de los blancos, que cuentan con abogados, jueces, políticos y policías, que siempre están del lado del dinero y ustedes tienen mucho dinero. Entonces, después de escuchar a mis paisanos, decidimos esperar un mensaje de los dioses. Ellos nos indicarán el camino a seguir...
- Pero nosotros no tenemos tiempo para esperar, si no comenzamos con las obras ahora el invierno paralizará todo y se arruinarán nuestros planes. Les ayudaremos con la   construcción de las cabañas para toda la comunidad, van a tener muchas más comodidades y los títulos de propiedad debidamente legalizados. Explicó Soler, denotando cierta exaltación.
- La urgencia no es nuestra, espero que comprendan que ustedes pueden perder una temporada, pero nosotros podemos perder toda nuestra historia. Pónganlo en la balanza y verán que siempre los que perdemos mucho más somos nosotros.
-¿Cuánto tiempo cree que habrá que esperar para que sus dioses les den una respuesta?, preguntó Doyle.
- A los dioses no se les puede poner plazo, ellos son los que disponen... Saben de nuestras angustias y confiamos que pronto nos darán una respuesta.
 - Nosotros también nos reuniremos y analizaremos los pasos que vamos a dar. Recuerden que ya tenemos un fallo judicial a favor y que si quisiéramos podríamos pedir a la policía que los desalojen. No queríamos llegar a ese punto, pensábamos que podíamos alcanzar un acuerdo... Pero, ahora deberemos analizar de nuevo la situación… Fue la advertencia  de los empresarios.
Se despidieron con frialdad y emprendieron el camino de regreso, evaluando las posibilidades que se abrían. La conclusión fue que había que recurrir a la fuerza para resolver la situación.

El día siguiente amaneció nublado y ventoso. La tensión se percibía en el ambiente, los aprestos bélicos se ponían en marcha.
Los obreros ya estaban alojados. Las maquinarias se encontraban sobre el camino de acceso al cerro y los camiones  descargaban materiales.
A las 12, llegó el juez. Un hombre de unos cuarenta años, alto, fornido, de rasgos sajones, con un frondoso bigote y rubia cabellera cuidadosamente peinada hacia atrás. De inmediato, le ordenó a su secretario que se dirija hacia la aldea mapuche para concretar la intimación: “en el plazo de dos horas debían desalojar el predio”.
Unos minutos más tarde, arribó el comisario de la ciudad de Esquel, al frente de un contingente de policías en dos autobuses. Se puso a las órdenes del juez y le comunicó que las directivas que le había dado la superioridad eran terminantes: “proceder al desalojo de los indígenas de cualquier manera”.
Cuando regresó el secretario del juez, estaba pálido. De inmediato fue rodeado por los presentes para conocer la respuesta indígena: “Me recibieron con frialdad, escucharon la intimación y no la quisieron firmar. Dijeron que desconocían la orden judicial y que se iban a quedar en sus tierras. Han llegado de otras comunidades para resistir junto a ellos”.
Soler reaccionó sorprendido: “esto es inaudito, no puede ser, la custodia tenía claras instrucciones de no dejar pasar a nadie...”
Al cumplirse el ultimátum, el juez decidió marchar hacia la aldea junto a su secretario, el comisario y dos agentes de custodia, y dio la orden de que lo siguieran, a una distancia prudencial, el resto de los policías.
 Al llegar, no encontraron signos de aprestos defensivos. Alrededor del fogón estaban todos los nativos en medio de una invocación colectiva. Indiferentes a la presencia de los forasteros, continuaron concentrados en su ritual.
Luego de unos minutos se escuchó una estruendosa gritería que dio por terminada la ceremonia.
Despreocupadamente, aparecieron el cacique y sus segundos.
El juez asumió el protagonismo: “Señor Guaiquil Curiñanco, usted ya está enterado de la decisión y está incurriendo en desacato, así que espero que rápidamente se subordine a la autoridad judicial. Caso contrario tendré que recurrir a la fuerza pública. Su desobediencia no me deja otra opción”.
- Nuestros dioses están dándonos señales para indicarnos el camino a seguir. Tendremos que esperar hasta saber qué debemos hacer...
- No me venga con esas excusas, estamos en un estado de derecho y ustedes tienen que acatar la ley y poner fin a la rebeldía.

Al ver la indiferencia de los mapuche, los visitantes abandonaron la aldea, recorrieron la distancia que los separaba del contingente policial y el juez le ordenó al comisario que avancen y rodeen la aldea.
Al llegar, intimaron al desalojo del lugar: “Venimos con la orden de desalojar este espacio y de llevar detenido a Guaiquil Curiñanco, por desacatar una orden judicial”.
Dos policías lo tomaron de los brazos y le colocaron las esposas. Esto provocó la reacción de un grupo de jóvenes que se enardecieron. Comenzaron a insultar y a empujar a los uniformados.
La reacción policial no se hizo esperar y descargaron golpes con sus bastones. Lo hacían con tal entusiasmo que parecía que hubieran estado esperando con ansias ese momento.
Los represores habían subido con topadoras para tirar abajo las casillas, golpearon con sus machetes a varios mapuche. Cuando los hombres vieron que maltrataban hasta a las mujeres y niños, indignados, empezaron a arrojarles piedras a los policías y le acertaron al juez en la frente, lo lastimaron y ahí empezó lo peor. El juez se trastornó y ordenó que empiecen a los tiros, provocando heridas a varios nativos.
Cuando se disipó la confusión, dos cuerpos cubiertos por mantas fueron cargados en la caja de una camioneta y cinco nativos ensangrentados fueron subidos a otro vehículo.
En tanto, el conjunto de los mapuches eran arreados hacia abajo.   
Una masa de hombres, mujeres y niños fueron subidos a empellones a los camiones para ser depositados en el sitio impuesto. En sus miradas se veía reflejada la desgarradora imagen de la derrota.
Las mujeres con la mirada llorosa y perdida, abrazaban a sus niños intentando protegerlos de la brutalidad descargada sobre sus cuerpos, curtidos de injusticias a pesar de sus pocos años. Pero también se aferraban a ellos, como una tabla de salvación, era lo poco que les quedaba para seguir comprometidas con la vida.
Los ojos de los niños tenían esas extrañas expresiones que tantas veces ilustran las crónicas de matanzas, hambrunas o migraciones forzadas. Sus ojos no parecían distinguir entre ogros y hadas protectoras. Sus miradas duelen, lanzan dardos cargados de preguntas, al no comprender por qué les arrebatan las pocas cosas que componían su mundo.
El brillo de sus ojos, asomados entre los brazos de sus madres, penetra y no puede ser olvidado en su inmenso y silencioso dolor. Es como una inocente, sutil y persistente venganza que queda impregnada en quien los quiera ver. 
Pero, resulta mucho más estremecedora la imagen de los hombres que presentaron una desigual batalla y fueron derrotados. Ellos pudieron hacer estallar su ira, manifestaron la digna rebeldía de negarse a obedecer, pusieron el cuerpo a pesar de la relación de fuerzas desfavorable, resistieron a la injusticia y fracasaron.
No existe un dolor mayor en el mundo que el del hombre doblegado, el que irradia su impotencia y no la puede expresar más que en silencio, mordiéndose los labios y apretando los puños. El que exhibe el desgarramiento de haber intentado infructuosamente defender a su familia, su comunidad, su pueblo; y no le queda siquiera la posibilidad de manifestar su bronca. Son hombres destrozados, de cabezas gachas y miradas melancólicas; conducidos como bultos, sin fuerzas y resignados ante el maltrato.           
Los niños tienen la posibilidad de conmover y lograr algún consuelo, pero la imagen del hombre desesperanzado, tan brutal como cotidiana, sólo puede ser detectada por una mirada sensible.
No existe visión más dramáticamente conmovedora ni tan cargada de negación ante el futuro de la humanidad que la impotencia de un rebelde vencido.







“Flaco, nos quedamos en la calle...”, la frase se disparó desde la penumbra, mientras caminaba hacia la fábrica. El silencio fue la respuesta excluyente, no había lugar para las palabras, la pesadumbre se imponía como conducta colectiva.

Las cuadras que recorrimos juntos cada madrugada durante años, era un escenario que no había cambiado sustancialmente; sin embargo, todo se percibía distinto. Los primeros pasos luego de bajar del colectivo, la oscuridad, la estación de servicio, las baldosas rotas del kiosco, la luz mortecina de la esquina, los muros descoloridos, hasta el silencio del barrio al alba se apreciaba con otras tonalidades, aromas y sonidos.

A medida que nos acercábamos, otros compañeros se iban sumando al parsimonioso desfile de un ejército golpeado marchando impotente hacia el campo de batalla, presintiendo que el resultado final ya estaba escrito.

Durante los últimos días habían circulado versiones sobre la inminente decisión empresaria. Mientras la imaginación de algunos compañeros intentaba tímidamente negar la realidad; los atrasos en los pagos de los jornales y las dificultades en la provisión de insumos, fueron haciendo insostenible cualquier elucubración.

La ausencia de los jerarcas patronales ante nuestras acciones de resistencia, la indiferencia del Ministerio de Trabajo y la falta de interlocutores que permitieran una negociación, fueron sumando elementos para que el inexorable desenlace tuviera alguna arista sorpresiva.

La oscuridad matinal se prolongaba inusitadamente, el frío se potenciaba con un viento impiadoso, el vapor del aliento de los caminantes denotaba el intercambio nervioso de interrogantes.

La proximidad a la zona iluminada del portón de ingreso iba exponiendo los rostros demudados, las voces entrecortadas y los silencios prolongados. El vestuario, otrora escenario de debates, bromas y alegrías, se había convertido en un lugar casi desconocido inmerso en un tenso silencio, sólo interrumpido por el ruido de la puerta de algún armario al cerrarse o de un banco desplazado involuntariamente.

Cómo si la fuerza de la rutina predominara sobre la zozobra, todos salíamos del vestuario preparados para una jornada laboral que nunca comenzaría. La mesa de trabajo era el mudo testigo de los dilemas y angustias de los compañeros de tantas luchas, sinsabores y victorias.

Cuando se pronunciaba alguna palabra era para compartir el previsible naufragio de los sueños de un futuro distinto para los hijos, los proyectos familiares imaginados, la construcción del hogar, los interrogantes sobre cómo afrontar las deudas adquiridas o la pérdida de la simple certeza de contar con un ingreso regular.

Se mantenían en sus puestos, como queriendo congelar el tiempo, como aguardando algún milagro que volviera a poner en marcha las líneas de producción. Mientras se esperaba el regreso de los delegados, que intentaban golpear alguna puerta para posibilitar una última gestión, las esperanzas se iban escurriendo con cada minuto que pasaba.

Ya se habían vivido situaciones similares, se volvían a sentir los músculos tensos, la boca seca, la mirada ausente y el temido interrogante: ¿y ahora qué…?

Los nacidos para trabajar, insólitamente, eran expulsados del trabajo y del escuálido confort de sentir ordenada la vida con la faena cotidiana.

Mis pensamientos se sucedían desordenadamente a una velocidad inusitada, mientras miraba los semblantes de mis compañeros y descubría que aparecían huellas del paso del tiempo que antes no había apreciado.

El presente se disparaba hacia un futuro enigmático y, como un péndulo, retornaba hacia las escenas del pasado. Repasaba las historias comunes, los filamentos de vínculos que se fueron hilvanando y fortaleciendo en el cauce laboral común.

Los paredones de la vieja fábrica habían brindado el marco para innumerables dramas individuales y colectivos. Las decrépitas instalaciones fueron incorporando mayores penurias a la labor, los accidentes de trabajo se hicieron cada vez más frecuentes. Como veteranos de una guerra no declarada, nos concentrábamos diariamente frente al consultorio médico para denunciar heridas, dolencias o enfermedades.

A pesar de que se advertía el progresivo deterioro de las condiciones laborales, la fábrica era una necesidad para nuestras vidas, no sólo en la lucha por la subsistencia sino también por los lazos afectivos que se fueron estableciendo. Aún en esas condiciones extremas y críticas se construían relaciones amistosas y solidarias. Una pequeña sociedad de músculos, nervios, dramas y alegrías daban forma al anecdotario que constituía la historia jamás escrita de las vivencias comunes.

La confirmación del final anunciado rompía abruptamente con esos lazos tejidos por hombres y mujeres en un mismo tiempo y espacio. Confluimos desde distintos lugares, con diversos pasados, experiencias y culturas; un extraño sortilegio nos juntó y desembocamos juntos en este imprevisto final. 

Era fácil mantener esos vínculos, nos conocíamos como si fuéramos parientes. ¿Cómo no iba a ser así, si pasamos más tiempo juntos que con nuestras familias?

Esos lazos eran tan fuertes que queríamos prolongarlos en los picados de fútbol del fin de semana, en el boliche del gallego o en el asadito de algún feriado. Entre vinos y cervezas era sencillo enterarse de noviazgos, separaciones e infidelidades; era apasionante opinar y discutir sobre las agachadas de algún compañero o cómo hacerle frente a la largamente demostrada insensibilidad empresaria.

Teníamos en común los recuerdos de luchas heroicas y conquistas. De los años jóvenes, cuando no había espacio para la resignación. De nuestras primeras jornadas, cuando los pibes y pibas que habíamos confluido en esa planta fabril nos plantamos para soñar otra vida y gritar a los cuatro vientos que pretendíamos emerger del subsuelo.

Nos juntamos entramando necesidades, pasiones y utopías, anhelando llegar a compartir una sociedad de “hombres nuevos”.

Teníamos nuestros muertos. Surgidos del enfrentamiento a los sindicalistas traidores y los consumados por la barbarie, que concibió como enemigos a los que demandaban justicia. Esos emotivos recuerdos de dignos ejemplos de abnegación y confraternidad, de dientes y puños apretados, de peleas y debates; nos traía la nostalgia de tiempos donde no había imposibles.

De un plumazo esa estrecha historia común fue sentenciada con un portazo final. Un reducido número de personas, alejado del “lugar del crimen”, dijo basta y sus consecuencias se descargaron inexorablemente sobre nuestras vidas, familias, tradiciones, secretos, amistades, sacrificios y recuerdos. En un instante se ponía fin a una historia urdida en la labor cotidiana y que fue acuñando esa particular sociedad fabril.

Ya no será posible sentarse en el boliche, mirar a través del vidrio el paso de los compañeros, juntarnos en torno a una mesa para debatir propuestas. El café o el vino dejarán de ser la excusa para recordar bromas y anécdotas, luchas, triunfos y fracasos.

A ese historial alguien le incrustó el The End, sin haber tomado en cuenta ni consultado a los protagonistas, a los que cada madrugada atravesaban los pesados portones para poner en marcha la fuerza productiva, receptada por lejanos y anónimos beneficiarios.

Independientemente de la voluntad de cada uno, todos estábamos atrapados en esa red de solidaridades y complicidades que imponía amores y odios. Cada cual aportaba lo suyo, algún rasgo particular destacado o algo imperceptible que, tal vez, ni siquiera quedó registrado en la memoria.

Todas esas sufridas y miserables historias perduraban con la subsistencia de la vieja fábrica, pero alguien dijo “no va más” y dio vuelta la última página.

¿Qué quedará de tantas experiencias vividas en común? ¿Se irán desintegrando como las paredes del viejo edificio ante la inevitable migración?

En nuestro horizonte no había lugar para un final así, nuestro sentimiento colectivo se aferraba a ese escenario, pero un golpe artero nos cortó el tiempo. 
  








La primera muerte que se cruzó en mi camino fue la de una vecina de mi calle. Doña Filomena tenía tres hijos, el más pequeño era un  par de años mayor que yo.
Una tarde de octubre, al salir de la escuela, con mis siete años a cuestas, iba con el cotidiano deseo de encontrarme con mi taza de Vascolet y las blancas figazas untadas de manteca y dulce de leche.
La cuadra de distancia que separaba la escuela de mi casa, tenía entonces una cantidad infinita de entretenimientos, sobre todo desde que lo hacía sin la compañía de mi madre. Luego de despedirme de mis compañeros, emprendía despreocupadamente el recorrido habitual y me detenía, en primer lugar, ante la vidriera del kiosco.
Otra parada obligada era frente a la verja de la casa de la palmera. De la construcción mucho no recuerdo,  contaba con un gran espacio verde cubierto de césped e innumerables plantas con flores y, en el centro, una palmera de unos quince metros de altura que concentraba toda mi atención. Resultaba tan exótica en ese apartado lugar del porteño barrio de Mataderos, que su sola visualización disparaba todas mis fantasías. Tenía una necesidad irrefrenable de detenerme a observarla con mis manos sujetas a la cerca y mi cabeza apoyada entre los barrotes de hierro. Los gatos, los pájaros o las figuras que se dibujaban entre el follaje eran el escenario ideal para imaginar historias de aventureros en tierras extrañas y remotas que irrumpían en mi barriada.
Ese día, luego de cumplir con mi breve cuota de fantasías, continué distraídamente con el recorrido habitual. A medida que me aproximaba a la puerta del conventillo en que vivía, comencé a notar anormalidades que me hicieron olvidar de la merienda. Mucha gente estaba en la vereda, frente a la casa de Miguelito, tres puertas antes de llegar a la mía.
Los chicos se detenían frente el portal tratando de encontrar explicaciones ante tantos hechos inusuales. Se trataba de una familia italiana muy humilde, el papá había fallecido un par de años atrás en un accidente laboral. Los dos hermanos mayores de Miguelito trabajaban y casi no se los veía en la casa.
Al cabo de un rato pude escuchar que doña Filomena había muerto. La mamá de Miguelito era una siciliana que vestía unos pollerones hasta los tobillos, siempre de negro y con su cabeza cubierta con un pañuelo, casi no hablaba castellano.
Había descubierto una sensación desconocida, se había adueñado de mí toda la congoja que percibía en los adultos y estaba paralizado ante la fatal novedad.
Al rato, veo salir a mi amigo llorando desconsoladamente, se sentó en el umbral de la casa más próxima a la suya y se quedó con la cabeza gacha, tapándose la cara con sus manos. Varias vecinas acudieron a consolarlo. Lo miraba consternado, tratando de entender los imprevistos descubrimientos.
Los chicos se quedaron absortos ante la triste escena, juntos y en silencio, con esa mirada especial que sólo ellos son capaces, con los gestos desprovistos de prejuicios y despreocupados de la apariencia de sus rostros. Algunos comenzaron a difundir las versiones más antojadizas de la causa de la muerte, hasta que al final se impuso la creencia de que el  deceso fue por haber ingerido duraznos verdes. A mí me pareció la versión más creíble, dado la insistencia de mi madre de que tenga cuidado de comerlos si no estaban suficientemente maduros.
Durante varios días no podía apartar de mis recuerdos la imagen de Miguelito, su sensación de desamparo había impregnado mi vida.
“¿Los padres pueden morirse en cualquier momento?”  Pregunté a mi madre. Ella eludió el interrogante, en esa época los padres no contemplaban brindar respuestas a las inquietudes infantiles, sólo contestó: “Apurate con  la leche que tenés que hacer los deberes”. Encubría de esa manera su propia congoja, al habérsele refrescado el drama que la marcó para toda su vida, cuando quedó huérfana a los once años.

Un par de años después, sorpresivamente murió mi primo Ile, aparentemente un golpe en su frente le había ocasionado un coagulo que fue tardíamente advertido por los médicos. Vivía en el campo, en las inmediaciones de la entrerriana localidad de Bovril.
Habíamos compartido numerosas aventuras en las vacaciones escolares y gozábamos de la libertad en ese apartado lugar. Los colores de ese cielo fueron imágenes que nunca dejaron de acompañarme en la vida. Añoraba la infinidad de animales domésticos y salvajes que nos rodeaban.
El particular aroma del campo impregnó mis recuerdos por mucho tiempo, como también la alegría de compartir el mate cocido matinal, las aventuras de la hora de la siesta, el impresionante atardecer y el profundo silencio nocturno. Verdaderamente, envidiaba  la suerte de mi primo.
Aún no concebía que la muerte también pudiera alcanzar a un niño. La carencia de noticias en que se desenvolvía mi infancia, hacía que las únicas advertencias de peligro pasaban por el cruce de alguna calle o las arengas maternas sobre las prevenciones que se debía tener con la electricidad.
La consternación invadió la vida familiar al conocer la desgracia. No lograba explicarme cómo podía desaparecer alguien tan alegre, vital e inocente como Ile. Los interrogantes me torturaban y la incertidumbre fue algo novedoso, recién descubierto.   
Luego de esas incidencias infantiles, durante muchos años la muerte no hizo acto de presencia en mi vida y esos sucesos fueron acomodándose en el arcón de los recuerdos.
La década de los setenta y las movilizaciones estudiantiles confluyeron con mis inquietudes juveniles y me incorporé a la militancia política. El nuevo mundo descubierto me llenó de pasión por transformar la sociedad que agobiaba de padecimientos a mi generación. Del activismo universitario pasé a insertarme en  las luchas obreras.
Tony, junto a tantos otros, fue un entrañable compañero de experiencias. Nos conocimos en las manifestaciones de apoyo al Cordobazo y una relación de amistad consolidó nuestros vínculos. Tenía una serenidad especial para tratar los temas más candentes, su calidez y humildad hacían muy agradable cualquier conversación. 
Al mismo tiempo abandonamos los estudios y nos dedicamos de lleno a la lucha política en las filas obreras.
El país vivía profundas convulsiones, el oficialismo estaba inmerso en enfrentamientos que producían una gran inestabilidad y una de las facciones oficiales desató la represión legal e ilegal sobre la oposición, la izquierda y el activismo obrero.
Los primeros ataques de la “Triple A” comenzaron a tener en la mira a los delegados que habían surgido en las fábricas de la zona norte del Gran Buenos Aires.
Las amenazas y despidos estaban a la hora del día. Rápidamente quedaron como las embrionarias muestras de un espiral de violencia que ejecutaron los hombres que veían amenazados sus sillones e intereses.
El local socialista de Pacheco se convirtió en un centro neurálgico de la lucha antiburocrática. Durante varios días los trescientos metros que lo separaban de la ruta 197 se convirtieron en un continuo ir y venir de extraños vehículos, una amenazante atalaya de ocultos observadores que seguían sigilosamente los movimientos de la militancia.
 En una madrugada de mayo el operativo augurado por esas cautelosas presencias se consumaba. Una docena de hombres armados hasta los dientes invadía el local a tiro limpio y ejecutan a tres compañeros, entre las víctimas estaba Tony. Fue un golpe inesperado que me dejó inerte.
La muerte volvía a rondar mi vida después de una prolongada ausencia. Las aventuras imaginadas en la niñez dejaron el terreno de la fantasía y se hicieron parte de la realidad cotidiana sin brindar siquiera un tiempo de transición para absorber un golpe semejante.
Este nuevo encuentro con la muerte planteaba interrogantes muy alejados de los de mi infancia, el candor había quedado anclado en el pasado, ya no se trataba de hechos fortuitos que disparaban incipientes dudas sobre el mundo y la vida. Ahora, todos estábamos en la mira y a la vuelta de cualquier esquina podríamos encontrarnos con el fin de nuestra breve historia.
La indignación por la muerte de los tres compañeros pesó más que el temor y no dudé en sumar mis brazos para llevar el féretro de Tony, a pesar de las fotografías que dejaron mi rostro estampado en los diarios del día siguiente.
Con el transcurso de los días, los asesinatos se fueron convirtiendo en hechos cotidianos. César fue fusilado en Caballito, otros dos camaradas acribillados en Chacarita, los ocho compañeros de La Plata y decenas de delegados gremiales ejecutados diariamente.
Lobos,  mi compañero del cuerpo de delegados, fue secuestrado y su cadáver apareció con cinco balazos y evidencias de horrendas torturas. En su mano  un comunicado de las Triple A incluyéndome en una lista de futuras víctimas.
La negra noche anunciada se extendía como una temible mancha de aceite que revestía la masividad y encubría desapariciones caprichosamente seleccionadas.
La muerte dejaba de ser una curiosidad, por el contrario, sin solución de continuidad, de la sorpresa pasamos a convivir con ella y hasta a acostumbrarnos a su temida presencia. Sólo se trataba de eludirla el mayor tiempo posible, pero sabíamos que ninguna táctica era infalible y cualquier día, a cualquier hora, en cualquier lugar podríamos tener una imprevista y fatal última cita.  




Para que yo sea Bernardo Veksler…




Para que yo sea Bernardo Veksler, una infinita suma de factores debieron conjugarse para generar el curso de mi vida.

Luego de un caos prolongado, salvaje y violento, devinieron  circunstancias que ordenaron y combinaron las infinitas partículas para la gestación de material orgánico. Primero, imperceptiblemente, luego adquiriendo formas y matices de una diversidad inusitada, la vital substancia germinó y se fueron enhebrando los complejos filamentos de la existencia.

Así, emergiendo del caos universal, mis sucesivos ancestros unicelulares, anfibios y primates tuvieron que superar amenazas de depredadores y desafíos de subsistencia; debieron gestar y proteger sus herencias; diseñar transformaciones que les permitieran subsanar defectos orgánicos y perfeccionar prestaciones imperfectas.

Atravesaron las etapas constitutivas del cerebro triuno, con su inicial comportamiento reptil y su prevalencia del dominio territorial y jerárquico.

Pudieron sobrevivir a semejante primitivismo hasta alcanzar la evolución mamífera, incorporando el cuidado de las crías, algunas emociones y el juego como forma de aprendizaje, dando carril a competencias escasamente deportivas.

En los últimos miles de años mis ancestros pudieron plasmar su comportamiento humano. Incorporando la introspección, experimentando empatía, compasión y amor.

Así, un día mis parientes africanos, al ver como la desertización avanzaba y comenzaba a escasear la vegetación, decidieron hacerse pedestres y buscar opciones alimenticias. Se vieron empujados a comenzar un ciclo migratorio y explorar nuevos alimentos, nuevos territorios, nuevos climas y nuevas tácticas para poder sobrellevar el acoso de inéditos predadores.

Su flamante bipedismo les hizo incurrir en torpezas, vieron como muchos de sus congéneres quedaron en el camino. Persistieron, atravesaron ríos, costearon lagos, treparon montañas, cruzaron espesos bosques, eludieron alimañas, se asociaron en la autodefensa y llegaron a ignotas tierras que poblaron y nutrieron.

 Para que yo sea Bernardo Veksler, mis ancestros tuvieron que alcanzar la vieja Europa, asimilar nuevas vecindades, descubrir otras ingestas y curtirse en fríos extremos. Aprendieron mil oficios, interactuaron con recién llegados, sufrieron invasiones y guerras, hambrunas y epidemias, despojos y barbarie, arrebatos y violencia, pero continuaron obstinadamente con el utópico intento de dominar a la naturaleza para poder aspirar a una vida mejor.

La búsqueda no se detuvo y retornó el viejo hábito migratorio para motorizar sus pasos. Tal vez, algún canto de sirena captó sus sueños y atravesaron ignotos territorios en busca de mejor fortuna. Así, mis parientes decidieron marchar hacia el Este y abandonar la tierra germánica.

En algún punto de ese recorrido entendieron que ser judío era una forma de acercarse a Dios y creyeron que esa ayuda divina complotaría a su favor. Unos se afincaron en la lejana Kiev y otros en la moldava Telenesti, a unos 500 kilómetros de distancia. Unos se amigaron con el manejo del hierro y los otros con la fabricación de ladrillos.

En tanto, el huevo de la serpiente se incubaba y las penurias hacían que la vida pareciera azarosa y de difícil pronóstico. Pogromos, persecuciones y matanzas completaron escenarios. Los ruidos de tambores de la gran guerra empujaron a los jóvenes eslabones de la familia a emprender el llamado de la eterna aventura humana. Esta vez el salto fue más largo.

El sur conformó el norte de sus pasos. Unos llegaron a Río Grande do Sul, otros al lejano y recién conquistado sur bonaerense, en un pueblito llamado Rivera. Y la improbabilidad de que en esas distancias pudieran tomar contacto fue nuevamente desafiada. Mi abuelo paterno decidió salir a caminar y, luego de dos años de trajinar y andar, desensilló en Buenos Aires. Ahí se instaló, casó y procreó media docena de hijos.  Así, los núcleos que me originaron volvieron a estar a unos 500 kilómetros de distancia.

Mis abuelos maternos sucumbieron tempranamente a enfermedades y dejaron a tres hijas adolescentes, que en medio del desconcierto se mudaron a Buenos Aires.

Para que yo sea Bernardo Veksler, se consumó una convocatoria danzante organizada por un colectivo de izquierda. Y dos jóvenes emprendieron esa vieja esperanza humana de la asociación matrimonial. En un conventillo de Mataderos se forjaron sus sueños y una casita en el Oeste, pareció confirmar sus expectativas de una vida mejor.

Para que llegue a ser el que soy, debí lograr indemnidad en epidemias de polio y meningitis; en carestías, tarifazos e inflaciones reincidentes. Mi percepción de la sociedad se fue amasando en una barriada obrera tensionada por huelgas y represiones. 

Congenié rebeldías con mis compañeros de secundario y soñé cambiar el mundo con mis primeros pasos universitarios. Así, me sumé a la idea de prohijar revoluciones y a la resistencia a dos dictaduras. Transité por fábricas, sindicatos, organismos de derechos humanos y grité mis demandas en cientos de manifestaciones callejeras. Sufrí cárcel, arbitrariedades, dolorosas pérdidas y sobreviví a un genocidio.

La vida se enlazó con afectos conquistados y amores que patrocinaron la búsqueda de un mejor ser humano. Aprendiendo de errores señalados, de fundamentalismos objetados y de la búsqueda insaciable de encontrar en el otro a un semejante.

La vida me regaló un hijo que agudizó mi sensibilidad y aportó interrogantes para nuevos replanteos. En él me vi reflejado en un espejo que mejoraba mis facciones, sentimientos y saberes.

La vida me dispensó la pasión por escribir y me inspiró la frase de un maestro, para hacerlo “con amor, con corazón, con lo que les alcance, lo que se les antoje, que eso será bueno en el fondo, aunque la forma sea incorrecta” y “agradará al lector aunque rabie Garcilaso”.

 Así me empeñé en darle forma a historias vividas o imaginadas y me doté de la necesaria audacia para poder compartirlas.

Cuando algunos compañeros de la vida fueron quedando en el camino, cuando se vislumbra que el sendero se va acotando, la mirada tiende a reflejarse sobre lo vivido  y, a pesar de tantos duelos y angustias, sobreviene una sensación de agradecimiento por afectos, amores, luchas y aprendizajes que enriquecieron esta pequeña aventura de la vida.